Egipto en la encrucijada

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Hosni Mubarak ya forma parte de la Historia. Pocas horas después de que escenificase su fracaso en un discurso que indignó aún más a los egipcios que llevaban manifestándose dos semanas, el «rais» anunció su dimisión a través del hasta ahora vicepresidente Omar Suleiman. Como era previsible, teniendo en cuenta la tremenda ascendencia que tiene en el país, Mubarak ha cedido el poder al Consejo Supremo del Ejército. Éste, a partir de ahora, se convierte en el árbitro del país y tutelará el difícil proceso de transición al que se enfrenta Egipto. Ayer, el Consejo Supremo del Ejército ya anunció que disolverá el Gobierno y las dos cámaras del Parlamento egipcio y que gobernará a través del presidente del Tribunal Constitucional previsiblemente hasta las elecciones de próximo septiembre acumulando así todo el poder. A pesar de la calculada ambigüedad que ha mantenido durante los dieciocho días de protestas, sin duda el Ejército ha jugado un papel determinante en la caída del «rais» al comprobar que la situación era insostenible dado que los egipcios lejos de apaciguarse con las palabras de Mubarak incrementaban las revueltas populares en todo el país. Si el Ejército sigue el guión previsto, durante los próximos meses su cometido principal será preservar la estabilidad del país y acometer, sin prisa pero sin pausa, la apertura del régimen, incluida la liberación de los presos políticos, legalizar los partidos políticos, así como la concreción de las primeras reformas para impulsar la modernización y el desarrollo del país y garantizar unas elecciones democráticas. Esto dará confianza a la comunidad internacional al tiempo que le prestará su apoyo al proceso, como ya anunciaron ayer la mayoría de los países, en especial Estados Unidos, que observará con lupa los movimientos de su principal aliado en Oriente Medio. Lo que suceda después de las elecciones es una incógnita y no conviene jugar a futuribles. Aunque se ha recibido la caída de Mubarak con una desbordante euforia nos esperan unos meses de incertidumbre que serán especialmente críticos para Israel. En las últimas décadas los israelíes han encontrado en Egipto a un país aliado, el único del pueblo árabe junto a Jordania. Ayer, inmediatamente después de conocer la caída del «rais», el Gobierno israelí confiaba en que no se cambiasen las buenas relaciones que han mantenido ambos países. Simultáneamente, Hamás pedía a las nuevas autoridades que levanten el bloqueo de Gaza. El tiempo dirá qué papel jugará el nuevo Egipto en el proceso de paz. Si tras las elecciones el país sufre un proceso de islamización y se decanta por abrazar la causa palestina radical el proceso de desestabilización de la zona plantearía un inmenso desafío a la comunidad internacional. También hay que considerar qué consecuencias tendrá en los países de su entorno la revuelta egipcia y si tendrá un efecto dominó en otros regímenes como Argelia o Jordania, donde ya se están viviendo protestas de sus ciudadanos, que piden un cambio de régimen. Sin duda, estamos ante un nuevo escenario difícil de prever hace unos meses y que puede significar una transformación en el tablero internacional.