Hagamos caso a los militares

La Razón
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La guerra en Afganistán no está ganada ni tampoco bien encauzada. El anuncio de una retirada general de las tropas internacionales, que arrancará en 2012 y culminará en 2014, ha espoleado a los talibán, que han recrudecido sus ataques, también en el marco de una ofensiva para intentar recuperar el terreno perdido en 2010 por el empuje de las tropas aliadas. En una dinámica de hostigamiento constante a nuestros soldados, los últimos ocho días han sido especialmente duros y el de ayer, trágico. El pasado 18 de junio resultaron heridos cuatro militares y un intérprete en un atentado. Ayer, las consecuencias fueron mucho peores. Dos militares fallecieron y otros tres resultaron alcanzados al verse afectado el blindado «Lince» en el que viajaban por la explosión de un artefacto de gran potencia al norte de Qala-i-Now, la capital de la provincia de Badghis, donde se encuentra destacado el grueso de las tropas españolas en el noroeste de Afganistán. Con el sargento Manuel Argudin Perrino, natural de Gijón, y la soldado Niyireth Pineda Marín, de Colombia, son ya 96 los militares de nuestro país muertos desde el comienzo de la misión en 2002. El 22 de junio, LA RAZÓN publicó en exclusiva que el Ejército de Tierra había reclamado 300 efectivos más para reforzar nuestro contingente en el país asiático ante la ofensiva talibán. El objetivo era reforzar la seguridad de nuestros militares en Badghis e igualmente desahogar a un contingente muy justo de personal y sometido a un esfuerzo y una presión de máxima exigencia. El Ministerio de Defensa rechazó el requerimiento. Además de su profesionalidad y capacidad de sacrificio, los militares españoles han demostrado que ni son caprichosos ni exageran los riesgos, y el devenir de la guerra les está dando la razón. No se trata de buscar culpables en España a una acción de guerra, pero sí de evaluar si el Gobierno está supeditando la razón y la seguridad de nuestras tropas en un escenario bélico a razones políticas. Defensa acertará si toma en consideración los análisis de los mandos, de los que conocen la operación y combaten por la libertad y la seguridad de todos en condiciones mejorables. Si no lo hace, tendrá que rendir cuentas y argumentar seriamente su política en Afganistán, lo que le cuesta hacer cada día más. Recordar hoy que el Gobierno se resiste aún a reconocer que España participa en una guerra abierta lo dice casi todo. Los planes de retirada apresurada de las fuerzas internacionales han agitado el avispero y resultan muy cuestionables no sólo por sus efectos a corto plazo, sino por lo que supondrán de fracaso internacional y de un ejemplo perverso para todas las fuerzas terroristas que quieren destruir Occidente. Esta desbandada se produce por razones de política interna de Estados Unidos y, por contagio, del resto de los países, pero está carente de cualquier justificación militar. La misión no está cumplida. Se abandona el campo de batalla porque la guerra está estancada y no estamos dispuestos a más sacrificios. Pero Occidente vivirá igual de amenazado y no nos sentiremos más seguros. Harían bien los gobiernos en meditar sobre las consecuencias geoestratégicas de abandonar a su suerte a una región clave, con Afganistán y Pakistán amenazados por el avance talibán.