Lotería de Navidad

Con hielo señor por Alfonso Ussía

La Razón
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Los bares necesitan del bullicio y la alegría. Pocas cosas más tristes que un bar islandés. Acudimos un grupo de amigos a tomar una copa en horario español, y se habían marchado todos los clientes a cenar. El camarero, muy simpático, nos rogó que no nos apalancáramos en exceso porque al día siguiente tenía que jugar un partido de fútbol. Con toda naturalidad nos informó que el partido a disputar era de la Copa de Europa, y que su equipo, el Reijkyavik, se enfrentaba al Milan. Era el Milan de Gullit, Van Basten, Maldini y compañía. Sus esperanzas no levantaban lo que una pulga del suelo. «Espero que no nos metan más de diez». El futbolista islandés, camarero de profesión, olvidó su protagonismo deportivo cuando le rogué que me sirviera un whisky. Se envaró con elegancia y me preguntó: ¿Con hielo, señor?

Ayer en Madrid, casi todos los bares, cafeterías y restaurantes estaban abiertos a pesar de la fallida Huelga General y la obsesiva violencia de los piquetes «informativos». Un país, España – «esa cosa» según Susaeta–, que tiene dispersos por todo el territorio nacional más de mil establecimientos llamados «Las Vegas», no puede ser controlado por los vándalos piqueteros. Si mil bares, cafeterías, salones de celebraciones y puticlús se llaman «Las Vegas», habrá, al menos, cien mil con otras razones sociales, y son demasiados bares para que tengan eficacia los enemigos de la libertad. No obstante, un bar de Madrid se mantuvo todo el día con sólo dos clientes. El bar del Teatro Español, sito en la Plaza de Santa Ana, muy céntrico él.

Era jornada de Huelga General convocada por los sindicatos decrecientes y el camarero del bar no pudo sumarse a la huelga. En la hostelería, un buen camarero siempre trabaja mientras permanezca un cliente en la barra. En esta ocasión eran dos los clientes, muy pesados, porque se pasaron todo el día dando la tabarra. –Un cubata de ron moreno–, –ahora mismo, don Guillermo–; –un capuchino y una copita de «armagnac»–, –como usted ordene, don Alberto–.

Los clientes, don Guillermo Toledo y don Alberto San Juan, decidieron sumarse a la Huelga General encerrándose en el Teatro Español. Una huelga comodísima. En el segundo piso del Español hay un salón conocido como «El Parnasillo», con comodísimos sofás para echar cabezaditas. Del «Parnasillo» al bar, un breve tramo de escaleras. Puedo estar equivocado, pero este tipo de huelgas no entra en mi capacidad de entendimiento. Hacer una huelga con barra y camarero incluidos, se me antoja una monumental frescura. En la anterior huelga general, Guillermo Toledo fue denunciado por formar parte, mejor escrito, por actuar al frente de un piquete violento. Pasó la noche en los calabozos y el juez lo soltó a la mañana siguiente. Es lógico y comprensible que su solidaridad se sintiera un tanto resentida por la incomodidad de las consecuencias. De ahí, que en esta ocasión, haya preferido llevarse a su amigo San Juan al Teatro Español, y hacer una huelga cómoda, bien tratada, bien dormida, bien comida y bien regada. Con un inconveniente grave. Que muchos piqueteros van a querer en la próxima huelga compartir el Teatro Español con la singular pareja, y van a tener que trabajar para los huelguistas más camareros, lo cual disloca en parte el objetivo de la huelga y los resultados de la misma.

Así, que dormida la siestecita, después de quitarse las legañas al uso de cada cual, bajaron por las escaleras los indómitos huelguistas. Uno de ellos pidió café. El otro, un gin tonic. El camarero, un gran profesional, –¿Con mucho hielo, don Guillermo?–.