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Como pez en el agua

La Razón
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En su discurso, emblemático como era de esperar, ha pretendido sintetizar su evolución como escritor, exaltar la literatura de ficción («la verdad de las mentiras»), y hasta ofrecer alguna de las claves de su personalidad. Parte del mismo sintetiza su libro de memorias «El pez en el agua» (1993), pero el nuevo Nobel es un escritor de múltiples dimensiones que combina el periodismo, desde sus 16 años en «La Crónica», con el análisis crítico de determinados autores (Flaubert) y lógicamente Faulkner, junto a Martorell, Cervantes, los miembros del «boom» y otros que se encumbraron a su sombra. Al realizar esta descripción de sus esencias literarias sin mencionar una sola obra, trazó en paralelo una mínima autobiografía que iba jalonando su exposición. Aparecen desde su madre hasta su abuelo, su tío y su tía abuela casi centenaria, que habría de servirle de inspiración en su aventura teatral a fines de los 70, y el colegio militar Leoncio Prados, que le sirvió como escenario de su primera gran novela. Algo podemos concluir de ese paralelismo entre su vida y su obra: parte de la ficción se origina en experiencias vitales. Y la aventura de leer equivale, asimismo, a la de escribir. No es ninguna sorpresa advertir la disciplina diaria a la que se somete como escritor. Como ya hiciera en sus primeras declaraciones al recibir el Premio, evocó sus inicios en Barcelona, donde vivió cinco años y relevó, en aquella época, a París, considerada como la capital soñada por los escritores latinoamericanos. Dos nombres se mencionan con agradecimiento: Carlos Barral y Carmen Balcells. Pero Vargas Llosa ha querido acompañar la evolución de su literatura con las oportunas matizaciones sobre su ideología. Menciona su peruanismo, aunque abomina de cualquier nacionalismo, y defiende un pensamiento liberal tras la lectura de Aron, Revel, Berlin y Popper, que le permitieron superar su marxismo inicial. Se manifiesta contra cualquier dictadura y alaba la transición española y la expansión de las democracias en América. Las palabras dedicadas a España, incluso durante la Conquista, le convierten también en «uno de los nuestros», porque debe a España no sólo su nacionalidad, sino la lengua. Sus consideraciones sobre el mundo actual, amenazado por el fanatismo y por «terroristas suicidas», puede ser liberado en parte por la literatura, capaz de convertir la civilización en algo «menos cruel». Sin embargo, propaga la insatisfacción, porque «el mundo está mal hecho». Sartre se menciona en dos ocasiones y se rememora, asimismo, el París donde convivió con Camus, Ionesco, Beckett, Cioran, Bataille, la Nouvelle Vague, Malraux y De Gaulle. Pero su centro de atención será el conjunto de América Latina, balcanizada. No olvidará a los autores del realismo decimonónico, que constituyen los fundamentos de su producción, aunque no mencione el cine.