Fernando Savater: «Es absurdo hablar de la gastronomía como arte»

«Los invitados de la princesa» es su última incursión en la literatura. Carga contra las administraciones que han subvencionado los estómagos agradecidos de artistas e intelectuales en los años de bonanza económica

«Los terroristas son siempre los que se presentan como mantenedores de la paz»

Sevilla- «Los invitados de la princesa», libro con el que Fernando Savater ha logrado el Premio Primavera de Novela, es una recreación ideal de los festines y banquetes culturales en los que se ha nutrido durante años la vanidad de los políticos en la época del despilfarro. Desde la actualidad de las famélicas arcas de las administraciones, el filósofo reflexiona sobre está indigestión.

–¿Por qué eligió una isla para encerrar a todos los intelectuales?
–En principio, lo de la isla era una metáfora, ya que he estado en muchos congresos en los que se hacen debates sobre asuntos contemporáneos y muy sesudos donde todo el mundo se pone a divagar y aquello parece una isla. La idea era un poco contar cómo se habían «construido» en los últimos años estos encuentros de la mano de la política.
–La política siempre se ha querido rodear de intelectuales y artistas, esto no es nada nuevo.
–Bueno, ahora mismo, como no hay dinero, pues no les interesa mucho (risas), aunque antes sí organizaban ciertas cosas que eran mitad folclore mitad cita cultural. Los intelectuales y los creadores nos dejábamos un poco llevar por esa corriente con la esperanza de que desde dentro, aunque el político de turno siempre te lleva para que le hagas un poco la ola, puedas conseguir algún acto subversivo y de cambio.
–¿Usted se lo creyó en algún momento?
–¿El qué?
–El que los políticos están realmente interesados en la cultura.
–Tampoco seamos tajantes, yo he conocido políticos que eran personas interesadas por la cultura como Jorge Semprún, por ejemplo. Pero no es lo más corriente desde luego, no es lo normal, aunque sí me he topado con gente de la política que ha estado muy motivada culturalmente.
–Lo de llamar al volcán Ireneo, ¿qué es, un guiño a la protohistoria del cristianismo?
–Me pareció curioso utilizarlo porque su nombre significa paz y ya de paso se lo extendí a los terroristas, que son siempre los que se quieren presentar como mantenedores de la paz . El grupo terrorista se llama «la Irene» y el volcán Ireneo.
–¿Se extinguirán los terroristas como los volcanes?
–Sería muy bueno eso de los terroristas extintos. El volcán siempre puede resurgir y el terrorista cuando parece que ya está más apagado vuelve otra vez.
–También tiene un guiño a la profesión periodística en el libro. ¿Le atrae este mundo de los plumillas?
–Sí, porque el protagonista es un joven periodista vasco y se encuentra con ese tipo de dilemas típicos de los eventos culturales patrocinados por el poder.
–No se si es un dardo envenenado a la gastronomía vasca cuando dice que en Santa Clara, la isla imaginaria, se utiliza mucho el estómago y poco el cerebro.
–No sólo en el País Vasco, creo que la idea actual de convertir a los cocineros en iconos culturales y que los suplementos dominicales de los periódicos cuando quieran hablar de cultura pongan la foto de un estofado con una hoja de perejil encima como si fuera un Rembrandt, ha llevado a que en general haya una mitificación de la gastronomía.
–Es un producto de estos años en los que se ha subvencionado hasta el estómago bajo la marca de protección de bienes culturales. ¿No le parece?
–Bueno, la cultura forma parte de los placeres de la vida a diferencia de la gastronomía, que es puro consumismo gratificante, mientras que el arte tiene un elemento inquietante y crítico que la gastronomía no tiene. Por eso es absurdo hablar de la gastronomía como un arte, porque adolece del punto crítico y desasosegante que sí tiene el arte. En fin, es un elemento que tiene un brillo y que de alguna manera está vinculado a la alegría de vivir como el arte, la literatura o el pensamiento, que también están relacionados con esta idea. Se quiere hacer algo para animar a sus conciudadanos, por eso se fomenta la gastronomía, porque no le va a plantear ningún problema. Es algo bonito o festivo pero que no da quebraderos de cabeza a los políticos.
–También aparece un profesor de metafísica en la novela. ¿Un guiño a sus colegas los filósofos?
–Bueno, como puse intelectuales de todo tipo algún filósofo tenía que poner.
– ¿Y lo de especialista en Hegel?
–Creo que como no lo he entendido nunca, de alguna manera debía desquitarme escribiendo un personaje que es un especialista en él (risas).
–Con «Ética para Amador» se metió en el bolsillo a los adolescentes. ¿Mantiene el éxito?
–La verdad es que sigo yendo a los institutos y a los liceos donde están los Amador de hoy en día. Son mi público preferido y no me puedo quejar, porque siempre me acogen muy bien.
–Otro guiño se lo hace a las carreras de caballos.
–Yo es que soy como Hitchcock, que salía en sus películas para que la gente supiera que eran de él. Las carreras son como mi sello.