Bienvenido mister Greene

Trescientas palabras cada día, un libro cada dos años. Ese fue el ritmo de trabajo de Graham Greene en una larga vida (1904-1991) como novelista, pero también como dramaturgo y autor de cuentos, facetas estas últimas que quedaron en segundo plano al lado de su lista de notables novelas cuyos títulos ya han pasado, a veces gracias al cine, a la memoria colectiva.

Los cuentos, como un fogonazo, ayudaban  al autor a escapar de  la temida rutina. Edhasa los reúne por primera vez y añade cuatro textos nunca antes compilados
Los cuentos, como un fogonazo, ayudaban al autor a escapar de la temida rutina. Edhasa los reúne por primera vez y añade cuatro textos nunca antes compilados

«El factor humano», «El americano tranquilo», «El poder y la gloria», «El tercer hombre»... Una popularidad que él mismo alentó llamando a algunas de sus obras «entretenimientos» y que confundió y enfrentó a los críticos, mezquinos a la hora de auparle sin ambages al podio de los grandes narradores y a la vez sin atreverse a despreciar su obra por accesible al gran público.

De hecho, tras los dos volúmenes de «La vida de Graham Greene» que publicara Norman Sherry, aparecería un provocador trabajo de Michael Shelden que, sobre todo, pretendía mostrar la supuesta cara oculta del autor de «Nuestro hombre en La Habana». Por otra parte, W. J. West expuso las razones por las que Greene habría decidió dejar su país en 1966 al tiempo que cortaba su relación con el MI6 (los Servicios Secretos ingleses). En cualquier caso, en el deseo de Greene siempre estuvo mantenerse fuera de la vida social literaria, no pronunciarse demasiado sobre aspectos políticos y concentrarse en su tarea literaria diaria en Antibes o Capri.

Temores y anhelos
Sólo ante su biógrafo Sherry y con el sacerdote al que conoció en Londres en 1973, Leopoldo Durán, estudioso de los eclesiásticos que aparecen en su obra, abrió un poco su corazón y compartió sus temores y anhelos. En ese contexto aparece un Greene entrañable, pero también serio y malencarado, que reflejó Shirley Hazzard en «Greene en Capri. Memorias de una amistad» (2001), buen retrato de su «independencia y absoluta libertad», de su necesidad de sufrir, pues el dolor, ya lo dijo Leopardi, aleja el aburrimiento. Y es que el temor al tedio iba a marcar su vida entera, «de tal modo que, sin experiencia práctica de África, me embarqué en un absurdo y arriesgado viaje a través de Liberia; fue el miedo al aburrimiento lo que me condujo a Tabasco durante la persecución religiosa, a una leprosería en El Congo, a la reserva Kikuyu durante la insurrección Mau-Mau, a la Malaya convulsionada y a la guerra francesa del Vietnam», dice en su autobiografía «Una especie de vida».

Esta alusión al «spleen» conecta con la introducción a los «Cuentos completos» escritos entre 1929 y 1989 y que reúne las recopilaciones «Veintiún cuentos» (1954), «Un cierto sentido de la realidad» (1963), «¿Puede prestarnos a su marido?» (1967) y «La última palabra y otros relatos» (1990), además de cuatro textos nunca compilados. Greene explica su relación con esta forma literaria que le aburría un poco; consideraba que antes de ponerse a trabajar ya conocía los detalles de antemano, al contrario que la novela, que avanzaba con él deparándole sorpresas en la trama y los personajes. Su impresión cambió y pudo disfrutar del género, pero se consideró un novelista que escribió cuentos, de la misma forma, dice, que Maupassant concibió alguna novela.

Mediante la escritura de relatos, Greene huyó de la absorbente y problemática labor que acarreaba cada novela, de ahí que de vez en cuando diera rienda suelta a argumentos breves que, muchas veces, le asaltaban en sueños y no tenía más remedio que llevar al papel al día siguiente. A su vez, cualquier clase de escritura representaba para él una absoluta terapia, una salida al aburrimiento que tanto le persiguió ya de joven y que le había llevado a intentar suicidarse con pastillas o jugando a la ruleta rusa. El suicidio, las contradicciones entre fe y ateísmo , el instinto de cólera o de desahogarse con el prójimo, como ejemplifica el escritor Bendrix en «El fin del romance», son algunos de los asuntos que más recreó Greene en sus novelas; y en sus cuentos, en mucha menor intensidad.

Vargas Llosa dice en «La verdad de las mentiras» que los objetivos de Greene estuvieron por debajo de su talento. Algo discutible si pensamos en su novelística, pero un juicio acertado si consideramos estos cuentos, todos estupendos, aunque se eche en falta un paso más allá en la síntesis y argumento directo propias de un Chéjov. Por ello, el lector hará bien en centrarse en «¿Puede prestarnos a su marido? y otras comedias de la vida sexual», sin duda, su mejor libro de cuentos. Es aquí donde su finísimo análisis de los comportamientos de pareja se hace profundo y corrosivo. Muchas veces mediante un narrador que observa y escucha.

Sobre el autor. La obra de Graham Greene, tanto en su faceta de novelista como en las de dramaturgo y autor de cuentos, aúna política, historia, religión, diversidad cultural e indagación psicológica, con estructuras y tramas sencillas pero al tiempo enjudiosas.
Ideal para...: aquellos que deseen conocer los temas y caracteres humanos preferidos del autor y algunos de los escenarios en los que transcurren sus novelas, y para los amantes de la buena literatura y seguidores del autor.
Un defecto: A menudo, los cuentos de Graham Greene presentan rasgos que son más propios de un género como la novela, esto es, la falta de síntesis y el inicio argumental tardío.
Una virtud: El humor y la picardía que respira, así como un sutil estudio psicológico de distintos amantes en «¿Puedes prestarnos a su marido? y otras comedias de la vida sexual», que es, desde luego, su mejor libro de cuentos. Puntuación 8