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Los elefantes

La Razón
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Cuando era adolescente, me impresionó mucho una película que se titulaba «La senda de los elefantes». Me fascinaba que esos animales tan grandotes, cuya inteligencia, si iba en proporción al tamaño del cerebro, debía de ser formidable, supieran cuándo iban a morir y emprendieran el camino plácidamente hacía el sitio donde reposarían definitivamente. Los humanos casi nunca sabemos cuándo nos va a llegar el tránsito definitivo y, en el momento en que lo intuimos, nos dedicamos a pasar nuestros últimos tiempos entre cortinas de hospitales, medicación, pruebas, morfina y otras torturas. Siempre he pensado que debería haber un lugar maravilloso en el mundo donde poder refugiarnos al tener claro que la vida se acaba. Un lugar donde poder vivir el final tranquilamente, donde la medicación fuera sólo para paliar el dolor, y donde ponernos en paz con nosotros mismos. ¿Pero qué nos pasa? Que nos ponemos enfermos, los médicos empiezan a darnos tratamientos; se lo contamos a los amigos y familiares; todos enloquecen buscando una solución y muchas veces nos encontramos en un círculo del que no se puede salir, rodeados de especialistas y enfermeras, sin saber si lo que se quiere es eso o morir en paz. Escribo estas líneas desde la tristeza que me produce la tortura de quienes se hallan en esa situación y de quienes los rodean. En algún momento todos hemos pasado por ello, y la consunción de unos y de otros, aunque diferente, se hace casi insoportable. Escribo esta columna desde la profunda tristeza que me produce la cercanía de casos irreversibles que se prolongan tiempo y tiempo dentro de la certeza de un final fatal.