Que viva México

Éramos pocos, tampoco vamos a contar mentiras. Ni piadosas. Los habituales. Pero salimos en estampida cuando la lluvia, qué optimista, el diluvio, nos atrapó ante el primero de la tarde. Recién comenzaba todo. Estrenábamos festejo. La primavera trampa de las novilladas de Madrid.

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En poco el tendido estaba desierto y bajo el cobijo de las gradas nos disponíamos a atender a Esaú Fernández, que por partida doble se llevó el aguacero. Lo tendría escrito por adelantado. El primero de Los Chospes no se lo quiso poner fácil y se orientó a la velocidad del rayo de dónde estaba el torero. Tan veloz, que al segundo muletazo, se lo echó a los lomos. Hasta ahí duró la inocencia. Qué breve. A portagayola lo había recibido en la versión novillero. Se desmoronó después la historia y, al no pasar ni por un pitón ni por el contrario, la espada acabó con el toro, y con la lluvia. Lo del ruedo ya era un barrizal sólo para valientes. Le esperó hasta el cuarto, que nada valió, tampoco la desestructurada faena.

Quieto el cuerpo

Nuevo era en la plaza Sergio Flores. Del otro lado del Atlántico. El mexicano sorprendió primero con los vuelos del capote, tan fácil a la verónica, tan quieto por chicuelinas... El de Los Chospes, cortados todos por el mismo patrón, protestó en la muleta, negación de la bravura... Tendríamos que acostumbrarnos. A Flores lo mismo le dio. De la firmeza un mundo, la colocación precisa, seguro, buscando el pitón contrario, tranquilidad, aplomo, saber estar... El quinto tampoco quiso corresponder. Malucho, sin clase... Sergio Flores tiró del hilo de la fe, cual matador forjado, seguro en sí mismo, le dejó la muleta puesta, en la cara, atacó él, quieto el cuerpo, ágil la mente, rápidas las ideas, lento el toreo. Más de lo que había dejó. Se tiró derecho con la espada, pero contraria, y se le cayó. Lo más torero de la tarde, ya lo cantaban sus paisanos, bajo la lluvia, qué más da, ¡que viva México!

El único novillo que embistió en toda la tarde fue el sexto de Navalrosal. Sobrero, para colmo de ironías. Encastado, con movilidad y transmisión. Tenía la moneda en la mano Emilio Huertas, que había dejado un saludo de capa al tercero brillante con un remate aún mejor. Quiso el novillero y poco a poco encontró acople, en una faena más de acompañamiento que de comunión. Violencia tuvo su toro anterior y ante la mala clase del de Los Chospes, Emilio Huertas le buscó las vueltas, justo de recursos, y se fue a por la espada. En tarde de diluvio y falsa primavera, no queda más que unirse al dulce canto que nos traen de allá, ¡que viva México!, pues.