El ex dictador Videla condenado a 50 años de cárcel

El juicio comenzó por una denuncia de las Abuelas de Plaza de Mayo

«A todos los cerdos les llega su San Martín», rezaba una pancarta colgada en los muros de los tribunales a modo de veredicto. Y la justicia llegó, tras 15 años de investigaciones, los dictadores argentinos Jorge Videla y Reynaldo Bignone fueron condenados por el robo sistemático de bebés engendrados por mujeres desaparecidas, uno de los delitos más graves cometidos en la dictadura. «Hemos presentado pruebas que demuestran que apropiarse de los niños nacidos en el cautiverio de sus madres fue una decisión de los represores», dijo a LA RAZÓN Estela de Carlotto, presidenta de las Abuelas de Plaza de Mayo. En la causa, iniciada hace casi un año y medio y por la que pasaron un centenar de testigos, además de Videla (86 años) y Bignone (84) está incluido también Jorge «el Tigre» Acosta, jefe de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), el campo de concentración más emblemático de la dictadura. También aguardaron el fallo el ex jefe de la Marina Rubén Franco y el ex subcomandante de esa fuerza militar, Antonio Vañek, como parte de un grupo de 11 acusados en total. La mayor sentencia fue de 50 años a Videla; 15, a Bignone, 30, a Acosta y 40, a Vañek.

En las afueras de los Tribunales de Comodoro PY, se vivía un ambiente de fiesta. Las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo se paseaban con sus pañuelos y las fotos de sus nietos desaparecidos colgando de sus cuellos. A su lado, Francisco Madariaga Quintela, uno de los querellantes, no parece mostrar ninguna piedad hacia quienes fueron sus padres adoptivos durante 35 años. De hecho, se muestra satisfecho tras la condena de 25 y 15 años impuesta a sus apropiadores, un matrimonio formado por el militar Víctor Gallo y la maestra Susana Colombo. Francisco confía en que «se hará justicia» y saca una foto en blanco y negra, pequeña y ajada, de su madre, Silvia Quintela, secuestrada embarazada a los 28 años y todavía desaparecida. «Mi papá me contó que era médica y a veces pienso que ya soy mayor que ella», dice y revela que un compañero de prisión de su madre en «El Campito», que logró escapar, le contó que «la torturaban estando yo en la panza». Según el relato de supervivientes de la ESMA, las prisioneras daban a luz encapuchadas y engrilladas y a muchas no les permitían siquiera ver el rostro de sus hijos. La sala de partos estaba en el piso superior del casino de oficiales, atravesado por una «avenida de la felicidad», que los verdugos bautizaron con cinismo porque conducía a la sala de torturas. Heridas que, sentencia tras sentencia, van cerrándose lentamente.