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Vísteme despacio

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Que una de las primeras canciones elegidas por Alejandro Sanz para poner bocabajo al estadio de La Cartuja fuese «Viviendo deprisa» hay que interpretarlo como un corte de mangas del artista a su propio destino. En el lejano 1992, cuando apenas salíamos de la adolescencia y en la isla donde cantó anteanoche se celebraba la Expo, compuso este tema en el que se quejaba de haber «malgastado fuerzas». Casi dos décadas después, con veinte millones de discos vendidos y una docena de Grammys en la buchaca, llena recintos en los que muy pocos solistas melódicos se hubieran atrevido a tocar en su mejor momento. Si acaso, un Frank Sinatra o un Julio Iglesias. Le sobra energía, o sea. Su poderosa voz, modulada en el quejío, y ese aspecto de buen chico que gasta lo conducen al éxito sin necesidad de defenestrar televisores en los hoteles ni de menear la ingle al estilo de Jesús, el descocado jugador de bolos que interpreta John Turturro en «El gran Lebowski». Puede o no gustar, como el gran Raphael, pero sólo el derroche técnico y humano de sus conciertos lo señalan como un profesional que mima a su clientela como si fuera El Corte Inglés. «Viviendo deprisa», en fin, no es más que uno de los muchos títulos con los que Sanz ha construido una carrera admirable. Admirable por dónde ha llegado, a la cumbre, y también por cómo lo ha hecho, sin necesidad de atajos.