Bigeard de la Resistencia al desencanto por César Vidal

Era aborrecido o admirado. Quedará unido a la gorra de los paracaidistas y a un heroísmo que no siempre obtuvo la victoria. Falleció el pasado día 18 

Bigeard, en Indochina, en 1951
Bigeard, en Indochina, en 1951

Sirvió de inspiración al personaje de Raspeguy, encarnado por Anthony Quinn en «Mando perdido». Sin embargo, cuando vio la primera luz en 1916 nadie hubiera podido pensar que Marcel Bigeard sería militar. Nacido en la frontera francesa, hay quien dice que incluso desempeñó a regañadientes sus tareas de soldado de reemplazo en la línea Maginot. La invasión de 1940 puso de manifiesto hasta qué punto las fortificaciones eran inútiles frente a la guerra relámpago y Bigeard fue capturado y enviado a un campo de concentración en Alemania. Sin embargo, había decidido resistir. Tras dos intentos fallidos, logró evadirse y llegar a África en 1941 para unirse a las Fuerzas de la Francia libre. En 1944, ya oficial, fue lanzado en paracaídas sobre la Francia ocupada para organizar la Resistencia en Ariège. Bajo el nombre clave de «Bruno», cumplió con su cometido con éxito entrando en Toul en un coche descapotable arrebatado a los alemanes. Para entonces ya había decidido seguir en el ejército.«Se las arreglará para morir»Lo hizo en Indochina. Especializado en el uso de paracaidistas, su sexto batallón se convirtió en un apagafuegos que contenía al «Viet min» donde fuera necesario. En 1954, estaba en un enclave fortificado denominado Dien Bien Phu. La posición no sólo no cayó sino que incluso resistió mediante unos inesperados y brillantes contraataques dirigidos por Bigeard. A la desesperada, solicitó en cierta ocasión ayuda y sólo recibió un mensaje de sus superiores que decía: «Querido Bruno, usted es un paracaidista. Ya se las arreglará para que le maten». Mientras resistía en el último reducto, envió un mensaje al puesto de mando que afirmaba: «Llegan los vietnamitas. Lo volamos todo. Adiós»... pero no murió. Cautivo, se negó a saludar la bandera de Vietnam con una dignidad admirable. Al ser liberado, le esperaba Argelia. Ascendido a coronel, se le entregó el mando del Tercer Regimiento Colonial de Paracaidistas, dentro de la 10ª División Paracaidista de Massu. Bigeard había estado ya en dos derrotas y no tenía la menor intención de soportar la tercera. Decidido a acabar con la resistencia del FLN –un colectivo que utilizaba con profusión el terrorismo–, Bigeard demostró en la batalla de Argel que era posible aplastar la insurgencia. De hecho, fue una de las escasas ocasiones en la Historia desde Roma en que una fuerza convencional derrotaba a otra irregular que se apoyaba en un sector de la población y que no limitaba su conducta con ningún principio ético. Recayeron sobre él acusaciones de torturar a los terroristas y un sector de la opinión pública pidió su cabeza, pero Argel había quedado pacificado. Fue, por tanto, ascendido a general y enviado al Atlas, donde acabó con las columnas del FLN mediante un uso extraordinario de los helicópteros. No todos los mandos franceses fueron tan eficaces y la guerra acabó en otra derrota. Cuando se planteó la posibilidad de un golpe de estado, Bigeard se negó a respaldarlo. En 1967, se convirtió en una especie de virrey en Senegal y tres años después era el Comandante de las Fuerzas Armadas Francesas para el océano Índico. Giscard le nombró, primero, secretario de Estado del Ministerio de Defensa y después ministro. En 2006, en su libro «Adieu ma France» lamentaba que los niños franceses no fueran educados en el deseo de defender a su nación y de que Francia se estuviera llenando de musulmanes. El año pasado, en «Mon dernier round», advertía de que Occidente tenía frente a si dos grandes peligros: el Islam y el terrorismo. Su último combate concluía este mes.