Delante de Charlize Theron

La Razón
La RazónLa Razón

Estaba en la tribuna, angelical, espléndida, ¡cómo pudo ser un monstruo!, atenta al partido, el atractivo encuentro de cuartos de final entre Argentina, no llo- res por mí, y Alemania, la vieja historia de que el fútbol es un juego de once contra once en el que siempre resultan vencedores los alemanes. Allí estaba ella, mirada del color de todos los mares, la musa surafricana, Charlize Theron. Abajo, en el césped, Joachim Löw, el ingeniero de los nuevos panzers; en el pasto, Diego Armando Maradona, el del medio de los Chunguitos. Y los 22 jugadores. Y uno, dos, tres y cuatro goles, todos en el marco albiceleste. Dijo Diego que España necesitaba que las porterías estuvieran de lado para meter un gol. Argentina no hubiese tenido suficiente con unas de rugby. El que no tira no marca, el que no chuta es un bluf y el que sólo ve pajas en el ojo ajeno, con cataratas de vigas en el suyo, es un bocazas. Qué mal quedaste, Pelusa, con Charlize y con los tuyos. Argentina no era tan poca cosa desde el 4-0 de Holanda en 1974. A chup... Jesús.