Etnias y religiones

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Hay culturas, formas de vida que no evolucionan, que se anclan en el ancestro y no hay manera humana de hacerlas crecer, de hacerlas medrar, y en el occidente europeo, si no llega a ser por la bendita revolución feminista, ¡ya veríamos cómo íbamos a estar a tales horas! Los gitanos y los árabes, quiero decir los musulmanes, van muy paralelos en su filosofía con respecto a la mujer y a la concepción del matrimonio, que nunca es por amor, sino por conveniencia. (Una amiga mía sostiene que los matrimonios de conveniencia son los más exitosos, pero esa es otra historia jocosa que nada tiene que ver). Esos matrimonios en que los esposos se conocen el día de la boda y el padre de la novia recibe unas cuantas cabras a cambio de su hija...
No me imagino a mi padre cambiándome por un rebaño, pero no porque mi padre me valore más que a una docenita de simpáticos bóvidos, sino porque por su cabeza no ha pasado nunca la idea de que su hija pequeña (ni la mayor tampoco) se una a un desconocido, vendiéndolas de forma cutre y miserable. Y es que los hombres pertenecientes a determinadas etnias o religiones no valoran a la mujer, por muy hija suya que sea, sino que sienten hasta una especie de odio por ella, y las vidas de éstas van de la paliza al parto y viceversa. ¿Qué hacen los organismos internacionales, que no intervienen? Que los disuelvan y los vuelvan a inventar. Con eficacia.