Huyan

La Razón
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Llegan las vacaciones de Semana Santa, quizá las más deseadas del año, después de un trimestre cuesta arriba, con pocas fiestas y pocos fondos, preludiadas por ese ponderado sol español, que asoma sus rayos tímidamente tras demasiados días grises para cualquier español. Sin embargo, por esas cosas de la naturaleza, suele suceder que, en Semana Santa, no hay procesión ni paso que no acabe mojado, ni destino vacacional al que no acompañe la lluvia. Llora el cielo por las fechas, dicen algunos, y para cuando recupera la alegría ya hay que volver a trabajar. Pese a todo, de un confín al otro de la Península, pero sobre todo desde Madrid al mar, las familias se montan en sus coches y se disponen a huir de la rutina, a través de sus creencias o sencillamente del ocio.

Saben que se arriesgan a lidiar con el intensísimo tráfico, con el mal tiempo, con las ofertas de viajes y hasta con el propio bolsillo que acabará descabalado tras los gastos extras… Pero da igual, tan tradicional es para muchos ponerse el capirote como para otros subirse al vehículo y escapar de la ciudad, dejarla atrás en el viaje y, con ella, abandonar los disgustos cotidianos de un país al que no se le notan las crisis en vacaciones. Lo mejor es que la huida provoca un extraordinario bienestar incluso cuando los elementos se ponen en contra… Lo peor es que algunos no saben que no hay que tener prisa por llegar si se quiere volver, sin pasar a formar parte de las estadísticas más negras. Así que huyan, sí, pero no corran, y vuelvan, que se les espera.