La radio saca músculo

La radio, con la excepción de internet, es el único soporte cuya penetración ha aumentado en los últimos años

 
 

Mientras la televisión trata de adaptarse a los nuevos tiempos, dando cabida en su pantalla a internet para no perder a los televidentes más jóvenes, y la Prensa se debate entre un presente difícil y un futuro marcado por la incertidumbre, la radio ha conseguido no sólo capear el temporal que ha supuesto la irrupción de las nuevas tecnologías de la información, sino incluso salir airosa. De hecho, ha puesto de manifiesto que hay cosas, como la voz humana, que no admiten sucedáneos.

Basta mirar los datos del EGM de los últimos años para apreciar que la radio, excepción hecha de internet, por supuesto, es el único soporte cuya penetración no sólo no ha caído en los últimos años, sino que ha aumentado hasta el 56,5% actual, con tres oleadas consecutivas subiendo. Está sólo por detrás de la televisión, que alcanza un 88,3% pero que sufre un descenso lento y continuado desde hace más de una década, y muy por encima de la publicidad exterior, los diarios, las revistas e internet.

Además, puede presumir de un perfil de oyentes más que apetecible para el mercado publicitario pues se sitúa principalmente entre las clases más altas –al contrario que la televisión– y en una franja de edad muy amplia pero entre la que destaca la de 25 a 34 años.

¿Cómo es posible que esta revolución tecnológica que todo lo ha trastocado apenas haya hecho mella en la radio? Evidentemente, se trata de un soporte cuya principal debilidad es también su mayor fortaleza: la simplicidad. Más allá de fórmulas más o menos novedosas, de grandes fichajes o de tertulianos, el éxito de la radio radica, al final, en algo tan sencillo como el valor de la voz humana, de la capacidad del conductor de un programa de transmitir, de conmover, de conectar con quien está al otro lado. Y esa magia, que se tiene o no se tiene, no puede ser sustituida por ningún adelanto tecnológico. En este medio la fidelidad es muchas veces mayor a las personas o a los equipos que a las propias cadenas –y si no que se lo digan a la Cadena Ser, buena parte de cuya audiencia deportiva se ha marchado con Paco González y Pepe Domingo Castaño a la COPE– pero no es menos cierto que el «zapping» radiofónico es menor que en la televisión.

Otra de las ventajas de la radio es que su relación con la audiencia apenas ha variado desde su nacimiento. Es más, las nuevas tecnologías tan sólo le han supuesto ventajas, pues, al contrario de lo que pasa con los medios escritos o con la televisión, el hecho de que los oyentes escuchen su emisora favorita desde un soporte u otro no le resta audiencia, sino todo lo contrario. En el automóvil; desde el iPod, el reproductor de mp3 o un teléfono móvil mientras caminamos, hacemos footing o viajamos; en el ordenador a través de la red en casa o en el trabajo; en el transistor de toda la vida, en el salón o la cocina mientras realizamos las tareas del hogar… cualquiera de estos aparatos nos permiten escuchar la radio del mismo modo, sin que cambie un ápice nuestra relación con el medio.

Y lo más curioso es que fueron muchos los que vaticinaron su desaparición cuando llegó la televisión. ¿Para qué escuchar sólo sonido cuando ahora hay imágenes?, se preguntaban los gurús de los cincuenta. Algo muy similar a lo que se cuestionaron, apenas medio siglo antes, otros muchos sobre el teatro cuando hizo su aparición el cine. Es un entretenimiento condenado a morir, pensaban. Sin embargo, finiquitada la primera década del siglo XXI, la radio, al igual que le ocurre al teatro, ahí está, tan fresco como siempre, mientras la televisión y el cine sufren para adaptarse a los nuevos tiempos.
Y es que ¿acaso hay algo más hermoso que la voz humana?