El «viernes negro» de España por José Clemente

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Tranquilos, que no cunda el pánico. Estamos haciendo los deberes que nos exige Europa con un coste político y social muy elevado y aún así el precio de la deuda no deja de crecer con tipos de interés que asfixian nuestra salida de la crisis. Por eso el Gobierno se ha visto obligado, en un claro ejercicio de transparencia y responsabilidad que distingue a los buenos de los malos gobernantes, a prever un retraso en la salida de la recesión económica, lo que unido a las masivas movilizaciones sindicales del jueves y la petición de la Comunitat Valenciana de adherirse al plan de liquidez, acabara por provocar una reacción en cadena de los mercados que hizo ceder el Ibex un 5,82 por ciento y situara la prima de riesgo por encima de seiscientos puntos, lo que disparó, para rematar la jugada, el bono español a diez años a un interés del 7,26 por ciento. El de anteayer bien puede ser considerado como el particular «viernes negro» español. Pero a pesar de lo malo, que lo es, podríamos estar mucho peor sin irnos muy lejos a buscar, por tanto, que no cunda el pánico. Ya se advertía desde estas mismas páginas, tras la última cumbre europea de jefes de Estado y de Gobierno del pasado 28 de junio, que el éxito de Italia y España al forzar a Merkel a aceptar nuestras condiciones sobre la recapitalización del sistema financiero había que administrarlo con exquisita prudencia. Primero y principal para no molestar a nuestros socios, especialmente a aquellos que nos prestan el dinero y aún confían en España, y, en segundo lugar, porque los especuladores volverían a la carga con excusa o sin ella. Y lo que todavía nos queda por ver.

Rajoy fue aquel día mucho más lejos al situar como único vencedor de ese encuentro al euro, a la moneda común, que es, en definitiva, por la que hacemos todo el esfuerzo que estamos haciendo, especialmente los países del sur de la Unión Europea, aunque no los únicos. De poco sirvió que en esa diabólica coyuntura los ministros de Finanzas europeos formularan su apoyo al programa de asistencia al sector financiero español, máxime cuando ya se había conjurado el riesgo a una posible oposición de Finlandia que se sumaba así al apoyo del día anterior del Bundestag alemán.

Y nada de todo eso ocurría por azar, por el arte del birlibirloque, sino antes al contrario por la seriedad de España ante el mundo al aprobar, también el viernes en el Consejo de Ministros, el más draconiano ajuste acometido en democracia, junto al desmantelamiento de la industria siderúrgica y pesada de los astilleros navales bajo el mandato de Felipe González, y que le costó su divorcio con UGT y la primera huelga general. A nadie le gusta que le toquen el bolsillo, y menos, a los que bienviven de la sopa boba. España y Rajoy como máximo responsable han hecho los deberes para cumplir con el Pacto de Estabilidad en el que se sustenta al euro, pero los mercados y los especuladores de las zonas dólar y libra no descansan ni se espera que lo hagan. La pelota está sobre tejado exclusivamente europeo y sólo a nosotros nos corresponde devolverla al terreno de juego, empezando por desoxidar al Banco Central Europeo para que de una vez por todas compre deuda de algunos de sus socios y frene los salvajes ataques de los especuladores. Y eso urge ya mismo, porque sin el concurso de esos países miembros de la UE la propia existencia del BCE estaría en entredicho. ¡Qué mal ha dejado esto la izquierda y los sindicatos para que estemos igual que hace un año!