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Cronenberg en terapia

Detalle inquietante: David Cronenberg se niega a dar la mano a los periodistas que le entrevistan. ¿Hace honor a su título de «rey del horror venéreo» o simplemente es un maleducado? Poco importa: ha ingresado en el canon de los mejores cineastas de la historia y se puede permitir un gesto arrogante. «Un método peligroso» no desmiente su estatus: otra obra maestra al saco.

-«Un método peligroso» es su primera película de época. ¿Qué le fascinaba de la Europa de principios del siglo XX?
-Fue un periodo crucial. Justo antes de la Primera Guerra Mundial, se había llegado a un nivel de refinamiento y sofisticación impresionantes. Había nacido la civilización europea. La gente creía en el progreso. Bajo el Imperio Austrohúngaro, había una gran estabilidad política. Se pensaba que cualquier problema podía resolverse desde el ejercicio de la razón. Todo era control y negación. La sexualidad femenina no existía, había sido suprimida: de ahí que hubiera tantos casos de histeria. Fue entonces cuando Freud levantó la voz y dijo: «No, todo esto es una ilusión, somos los mismos animales de siempre, capaces de actos de violencia, crueldad y brutalidad insólitos».

- ¿En qué medida el diagnóstico de Freud puede aplicarse a las enfermedades de la sociedad contemporánea?
-Cuando McLuhan hablaba de aldea global en referencia a la sociedad de la información, no se equivocaba: no por azar utilizó la palabra «aldea», que evoca un tipo de comunidad muy primitivo, muy atávico. Es innegable que en el hombre ha habido una evolución, pero nuestro cerebro, tan racional y sensato, no puede separarse de sus orígenes animales.

-Y esa animalidad sigue mordiendo el hueso de la civilización tecnológica…
-Hace poco leí un artículo fascinante en «The New York Times» que contaba que el psicoanálisis se está haciendo muy popular en China. Es curioso que, ahora que son burgueses y capitalistas, los chinos sientan la necesidad de tratar de sus problemas emocionales, sobre todo porque, culturalmente, no están acostumbrados a ello. Es innegable que en las sociedades desarrolladas, las teorías de Freud sobre el subconsciente y la represión siguen teniendo vigencia: en cuanto llega el bienestar económico, las personas tenemos tendencia a exteriorizar nuestros traumas y a interesarnos por sus orígenes.

-Hay una cierta neutralidad en el punto de vista narrativo de la película, como si usted no quisiera posicionarse. Ni Freud ni Jung, sino todo lo contrario.
-No se trata de tomar partido, porque intento comprender a todos mis personajes, pero si me pregunta por mi visión personal sobre el asunto, me siento más cerca de las teorías de Freud. Lo que más me interesa de estos personajes es la pasión que hay en sus ideas. Incluso Emma Jung se convirtió en psicoterapeuta, y escribió un libro sobre mitología, creo que basado en la figura de Mercurio. Para nosotros el psicoanálisis es algo normal, pero en aquella época era un método revolucionario y que despertó serias reticencias.

-Desde «Cromosoma 3», su interés por el psicoanálisis siempre ha estado vinculado a la transformación del cuerpo. ¿Cómo refleja esa preocupación «Un método peligroso»?
-Una de las razones por las que prefiero a Freud es que nunca deja de tener en cuenta la realidad del cuerpo humano. En esa época era un tabú hablar de penes o vaginas, pero eso era el cuerpo, y el psicoanálisis tiene sus raíces en el cuerpo. Freud fue uno de los primeros en hablar de la pedofilia practicada en un entorno familiar. Descubrió que los miedos y angustias de muchos pacientes tenían su origen en haber sido violados por sus padres o sus abuelos. Freud se distanció de Jung porque creía que las teorías de éste se estaban separando del cuerpo. Su teoría sobre la trascendencia del alma estaba dejando atrás al cuerpo, lo estaba negando. Y por eso el pensamiento de Jung se acercó tanto a la religión y al misticismo.

-¿Qué enseñanzas ha sacado del psicoanálisis como cineasta?
-Me interesan las conexiones que existen entre un artista y un psicoanalista. Ambos parten de una realidad oficial y aceptada por la sociedad y se preguntan: «¿No hay nada debajo de ella?». No es algo necesariamente oscuro, pero sí oculto, desconocido e incomprensible.

-En la última etapa de su cine, ha ido depurando su estilo de todo ornamento. ¿A qué responde ese retorno a la esencia de la imagen?
-Hicimos el montaje final de mi última película, «Cosmópolis», en dos días. En el de «Un método peligroso» invertí seis días. Conozco directores que pueden invertir dos años. Yo mismo, hace dos décadas, no trabajaba tan rápido. A estas alturas creo que sé cómo dirijo, qué clase de director soy.

-¿Le molesta que le recuerden sus orígenes en el cine «gore»?
-Cuando alguien me pregunta sobre el toque Cronenberg, le digo que no sé de qué me está hablando. Si se refiere a la sangre, las vísceras… prefiero ignorarlo. No pienso en mis otras películas cuando dirijo y nunca tengo en cuenta lo que el público espera de mí.

-¿Vio «Freud, pasión secreta» antes de hacer «Un método peligroso»?
-No es una buena película. Leí que John Huston no creía en el subconsciente y que además se mostraba un poco aprensivo respecto al sexo. Con este historial, imagínense la película que hizo sobre Freud.

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Psiques privilegiadas
Freud, algo más que psicoanálisis

 

Mortensen ha buscado al personaje entre sus papeles y libros del filósofo. El actor ha partido de sus lecturas para formarse su propia idea de quién era en realidad Freud y abandonar los lugares comunes que abundan sobre él. Y descubrió a un Freud (a la izquierda) diferente, que es el que encarna en la cinta de Cronenberg. Un pensador y un científico concienciado con la materia de su estudio, pero que no renuncia al humor ni a los placeres de la vida, desde los puros a la música.

El ego científico de Jung

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Freud arrastraba la imagen del hombre serio obsesionado por el sexo. Jung era otro tipo de psicoanalista. En teoría era el príncipe destinado a recoger su testigo, pero sus vidas pondrán de relieve que eran dos temperamentos diferentes. Freud es leal en sus relaciones, mientras Jung engaña a su mujer y se deja llevar por el ego hasta enfrentarse a Freud. Fassbender, que consigue un gran parecido físico en la cinta, in terpreta la rectitud de Jung y, sobre todo, su doble moral.

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