Cordón democrático

La Razón
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Concluye el efecto dominó. Extremadura se pinta de azul y si el 22-M se hubiesen celebrado elecciones en el País Vasco y Andalucía hoy no quedaría ni una sola Comunidad Autónoma gobernada por los socialistas. Tardará tiempo en crecer la hierba donde ha pisado la torcida huella de Zapatero. Los renqueantes López y Griñán son los últimos mohicanos después de la difícilmente predecible caída de Vara. Difícilmente porque no ha sido sencillo para Izquierda Unida dejar a un lado su cara más sectaria y timorata para apostar por el pragmatismo y la venganza, después de años de ninguneo del PSOE. Y difícilmente porque sus dirigentes a nivel federal han ejercido presiones de toda índole. Monago es el piloto del cambio, que es lo que los extremeños votaron: regeneración frente a enquistamiento, la modernidad frente al cortijo. Y en consecuencia el nuevo presidente deberá medir hasta dónde puede y hasta dónde será imposible ceder ante cuestiones capitales como el impuesto de patrimonio, el de sucesiones o la congelación de fondos públicos para la enseñanza concertada. Una cosa es la cintura política, y otra la quiebra en los principios y los intereses generales porque una cosa y la otra lleven a tocar poder. La caída de Mérida en manos del Partido Popular tiene además una lectura recomendable para la izquierda más intransigente y fogosa. Hace pocos años Federico Luppi anunciaba que a los ciudadanos decentes les iba la vida en crear un cordón sanitario para evitar que una derecha cerril y gótica rompiese España. Pero el tiempo ha probado que la sensatez de millones de ciudadanos les ha hecho ver que el PSOE ha descuajaringado una nación entera, y les ha hecho completar la extensión de un legítimo cordón democrático que sale de las urnas y que determina que son los culpables de los destrozos, o sea los socialistas, los que tienen que pagarlos.