El discurso de todos los discursos

El lexicógrafo analizó los sermones de sus predecesores

Álvarez de Miranda, ayer, durante la ceremonia en la Academia
Álvarez de Miranda, ayer, durante la ceremonia en la Academia

La entrada de un académico en la RAE es como una boda, en la que también hay padrino pero uno tiene que recibir las «enhorabuena» solo. Las de ayer a Pedro Álvarez de Miranda fueron sinceras, no sólo por ocupar el sillón «Q», sino porque su discurso de ingreso se escuchó con placer, tanto por su amenidad como por la información aportada, un análisis de las 260 alocuciones de sus predecesores.


Labor extensa
El protagonista confesó a este diario que la elaboración de semejante discurso le llevó años en los que soñó con pronunciar el suyo propio. Ahora le ocupará, sobre todo, la coordinación del próximo DRAE, es decir, el diccionario común de la institución, aspira a que «esta edición no sea mejor que la anterior, pues solo será un eslabón más en la cadena, pero sí más completa». Le ilusiona especialmente además culminar el Diccionario Histórico, pues es en esa labor donde puede detectar las palabras y acepciones «fantasma», es decir, aquellas que por error se incluyeron y se han ido perpetuando en el tiempo, «una de las contribuciones más originales y útiles» de su carrera, como lo definió ayer Manuel Seco que contestó su discurso.

Como autoridad en diatribas de ingreso, Álvarez de Miranda cumplió con los cánones y comenzó su alocución agradeciendo humildemente a los académicos, especialmente a sus maestros Rafael Lapesa y Manuel Seco, y recordando los méritos de su predecesor, Carlos Castilla del Pino. Para ya entrar en materia sobre el cómo de los discursos de aquellos que aceptan fijar, limpiar y dar esplendor a la lengua, una práctica que comenzó en 1847 y que, con algunas excepciones, se imprimen desde entonces. Determinó que pueden distinguirse dos fases, una hasta el primer cuarto del siglo XX, en la que además de escritores abundaban los políticos en la docta casa y otra a partir de la llegada a la dirección de Ramón Menéndez Pidal, cuando empieza a aumentar el número de filólogos. Los del primer periodo tuvieron, por tanto, un cariz más político y conservador, y los de la segunda mucho más lingüístico. «Abundan los discursos que tratan sobre asuntos de historia literaria», precisó el nuevo académico.

Para hablar de originalidad resaltó los dos únicos escritos en verso, el romance endecasilabo de José Zorrilla y las diez tiradas poéticas en diferentes metros de José García Nieto. Alabó además el de Azorín, «Una hora de España», el cuento de José María Merino o la jerga del siglo XVII que empleó Arturo-Pérez Reverte. No quiso ocultar el conferenciante que «algunos de los del XIX se nos caen de las manos»: «Las maneras ampulosas de los prohombres de la era isabelina y de la Restauración nos resultan hoy irremediablemente anticuadas». Claro que entonces apenas los escuchaban aquellos que asistían al acto, mientras que ahora internet y los medios audiovisuales multiplican por mucho su difusión. Por eso mismo aprovechó para pedir a la RAE que se digitalicen los discursos hasta 1847. Más allá de un análisis temático o formal, este trabajo ha servido al autor para constatar la independencia de la institución incluso en las circunstancias más adversas.


La «decencia» de la RAE
«En el fatídico 1814, por ejemplo, Fernando VII impuso a la Corporación un nuevo director e hizo borrar del escalafón a varios académicos. La Academia tuvo que obedecer y cubrir las vacantes forzosas, pero en cuanto los emigrados supervivientes pudieron regresar los admitió otra vez sin más trámites». Durante el Franquismo, el régimen pidió dar de baja a personalidades como Niceto Alcalá-Zamora, Tomás Navarro o Salvador de Madariaga: «La Academia se dio por enterada de la orden, pero la desobedeció inequívocamente, pues optó por no publicar las correspondientes vacantes». El «impar sentido de la decencia» se demostró también, según Álvarez de Miranda, al aguardar con la silla vacía su regreso, en algunos casos, durante más de cuarenta años, o al elegir a personajes muy críticos con la institución, como Unamuno, al que se seleccionó también «por la calidad y la índole de su antiacademicismo».