Antoni Tàpies por José Clemente

La Razón
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El mundo del arte está de luto con el fallecimiento de Antoni Tàpies (Barcelona, 1923-2012), el llamado pintor matérico, al vanguardista fisicida, el hombre de cuya brocha nacían en colores de grueso trazo los versos de humildad más profundos sostenidos en bemoles de furtalidad monosilábica, que invitaban al pensamiento y por extensión lacrimal a la esencia misma del arte en libertad, siempre coronado por esa cruz que ni él mismo sabía explicar para todos igual, porque esa era la esencia de su modo de ser y trataba que le vieran o interpretaran: «Si me siento distinto ante cada tela o papel, debiera ser tantas veces irrepetible como miradas se posen en cada una de mis obras o esculturas», me dijo durante una entrevista en la Fundación Tàpies de Barcelona a finales de la década de los ochenta, donde tuve oportunidad de conocerle. Con Tàpies muere el autor más vanguardista del momento, de los que gustan o repelen a partes iguales, pero de los que si te entra es difícil desprenderse de por vida por la fortaleza de su genialidad creadora. Gran amigo de Joan Miró y Pablo Picasso y Chillida odiaba a muerte a Salvador Dalí, al que consideraba un hombre melifluo y simplón, del que solía decir que era tan buen artista como notario, en referencia al padre del pintor de Cadaqués. Tàpies heredó de su padre la pasión por los libros y su biblioteca era de las más buscadas por los bibliófilos, pero también se apasionó por el coleccionismo, al intercambiar obras con otros contemporáneos suyos a los que siempre tuvo en muy alta consideración, como Franz Kline o Mark Tobey.

Fundador del grupo pictórico «Dau al set» con Joan Brossa, Ponç, Cuixart y algunos otros, su ejemplo fue seguido más tarde por el colectivo «Equip Crónica», uno de cuyos discípulos, Manolo Valdés, tiene buena parte de su obra en las calles y museos de Murcia. La obra pictórica de Tàpies nunca pasó desapercibida, bien en el uso doméstico o privado como en el colectivo, cuya presencia es notable y muy respetada, aunque no libre de críticas y controversias. Se le tiró por tierra cuando en pleno franquismo la mayor parte de los actos e instituciones estuvieran enmarcados por sus creaciones, desde la Sala de Juntas del Gobierno de la Generalitat a los carteles ilustrativos de actos políticos de la izquierda catalana. La polémica le llegó cuando se le encargó en la década de los noventa que montara una obra para el salón oval del Museu Nacional d'Art Contemporàni de Catalunya y lo hizo con el polémico «calcetín» agujereado, o la terraza de la Fundació Tàpies, en la que instaló otra de sus creaciones plásticas llamada «Núvol i cadira», que consiste en una especie de nube de alambre de aluminio con una silla perdida en la misma, y que es visible para todos los barceloneses que pasean entre el Paseo de Gràcia y la avenida Aragón. Ha muerto el artista contemporáneo por excelencia y mi verbo anda bloqueado. Todo yo ando bloqueado, como en Tàpies su frágil salud de hierro, ahora etérea.