Nihilismo de todo a 100 por Martín Prieto

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Durante el aznarato los caricatos de siempre representaban a Rajoy entrando sigilosamente en el despacho de José María Aznar para registrarle los cajones y robarle los puros. Ahora muchos medios en sus secciones de información propalan con mohínes y amanerado disgusto la imagen del presidente Rajoy fumándose un puro por la Quinta Avenida en Manhattan como si fuera el envés de la correosa situación española. Sepulcros blanqueados. Lo único que le reprocho es que no se haya dado a su vicio en Park Avenue y con el «Marca» bajo el brazo, que también es de su afición. Cada semana de recortes hace subir exponencialmente el nivel de subnormalidad de los legítimamente quejosos (España, Portugal, Italia y Grecia; «nos han robado el caballo y se ha derramado la leche»), que corren hacia un nihilismo conceptual. Escrutando las pancartas portadas por los indignados en su último amago de rodear el Congreso sólo hallé una con hondo sentido filosófico: «¡ A la mierda!». Eso se entiende porque la escatología es nuestro fuerte; sin embargo, cuando los desconocidos convocantes de las manifestaciones profundizan su pensamiento nos propinan una mesa de tres patas: dimisión del Gobierno, otra Constitución y un referéndum para no pagar la deuda, sin contar con las espantadas secesionistas. ¿ Y quién sucederá al Gobierno elegido hace nueve meses por mayoría absoluta? ¿Y qué Constitución nos vamos a dar: la de EEUU o la de Rusia? ¿ Y cómo no se paga la deuda sin acabar royéndonos los zancajos? ¿ Sánchez Gordillo de presidente o Garzón como cabeza de una nueva dinastía? En el siglo XIX el nihilismo hizo estragos entre los petimetres intelectuales de San Petersburgo y algunos llegaron a inmolarse como terroristas en el recuerdo de las rebeliones campesinas de Pugachov contra Catalina. Fue todo muy romántico, hasta que Vladimir Ulianov exigió todo el poder para los soviets y los marineros de Kronstand entendieron que se había terminado el derecho de manifestación. La crisis más ominosa es la de nuestro analfabetismo político. La única revolución en marcha es el golpe de Estado blando para convertir a Rajoy en Papandréu.