Se puede vivir en 36m2

El nuevo decreto de habitabilidad del Govern reduce de 40 a 36 la superficie mínima de un piso. En Barcelona, los hay más pequeños

El piso de Sheila en el barrio de Sant Antoni de Barcelona, tiene 26 metros cuadrados. La clave para vivir en este espacio es la organización
El piso de Sheila en el barrio de Sant Antoni de Barcelona, tiene 26 metros cuadrados. La clave para vivir en este espacio es la organización

BARCELONA– Corría el año 2005 cuando, en plena burbuja inmobiliaria, la por entonces ministra de Vivienda, María Antonia Trujillo, sugirió que la solución para que los jóvenes accedieran a una vivienda era construir pisos de 30 metros cuadrados. La idea tuvo una durísima respuesta por parte de la oposición y los sindicatos. La Generalitat acaba de flexibilizar la tipología de nuevas viviendas y ahora podrán tener 36 metros cuadrados como mínimo en lugar de 40. Sucede, sin embargo, que la realidad es tozuda y esos 36 o 40 metros son unos cuantos más de los que la gente utiliza para vivir.

La arquitectura barcelonesa tiene una particularidad de dudosa legalidad que muchos propietarios avispados no han dudado en utilizar. Los terrados de las clásicas fincas modernistas que pueblan el Eixample suelen albergar unas casetas que en otros tiempos fueron utilizados como cobertizos a trasteros. A duras penas llegan a los 30 metros, pero la crisis y los sueldos hacen que estas casetas sean la única solución para jóvenes que, cansados de compartir, quieren vivir solos.

Este es el caso de Sheila, una joven que habita en una de estas casetas en el barrio de Sant Antoni. El piso tiene 26 metros cuadrados y dispone de «dos ambientes», comenta entre risas, el salón-dormitorio y la cocina-comedor. «Este es el cuarto piso en el que estoy desde que me fui de casa de mis padres», dice Sheila. «En los otros tres –añade– compartía pero al final te cansas y esto es lo que encontré a un precio asequible». Paga 420 euros al mes y no sabe si tiene cédula de habitabilidad, «pero tengo todos los servicios dados de alta». Lo bueno de estos pisos es que dan al terrado que, aunque comunitario, es la vecina que más partido le saca. «Es muy tranquilo. Al estar aquí arriba apenas tienes vecinos ni oyes nada», prosigue, «¿un inconveniente? Hace poco me entraron a robar saltando desde el terrado de al lado. Tampoco puedo traer a mucha gente, al novio y poco más». «Aun así, es mi espacio y me gusta», resume.

El caso de Aina es parecido. Ella misma se declara una «experta en minipisos». Tiene 27 años y vive en un piso de poco más de 30 metros cuadrados en el Guinardó, en la calle Periodistas. «Creo que son 33 o 34 contando con el minibalcón», precisa. A diferencia de Sheila, esos metros cuadrados de más le permiten tener una cama y un sofá por separado. También paga más, 500 euros al mes. «No me va a durar mucho, el propietario se niega a bajarme el alquiler y ya no puedo mantenerlo», añade. «Al principio me hacía ilusión tenerlo todo en un solo ambiente. Por eso, cuando buscaba piso descarté los que tenían la habitación separada. Te lo haces tuyo y es como tu rinconcito mono. Sin embargo, al final se te caen las paredes y te cansas de ver siempre la cocina o siempre la cama desde todas partes. Además, como no puedes traer gente a casa te pasas el día fuera», señala Aina.

Flexibilidad
Así las cosas, la normativa de la Generalitat va por un lado y la realidad por otra. Con la nueva tipología, el Govern quiere dar facilidades a las familias monoparentales, las parejas o los divorciados con hijos o con custodia compartida. El nuevo decreto también incide en el tamaño de las habitaciones, que serán también más pequeñas respecto a la normativa anterior. El decreto de habitabilidad que sustituye al que se redactó en 2009 pretende flexibilizar la distribución de los pisos y adecuarlos a las nuevas necesidades sociales y también a las de la construcción, un sector que está en claro retroceso.