Asia

Desplazados afganos: huir de la encrucijada talibán

Unas novecientas familias de las conflictivas provincias sureñas de Helmand y Kandahar viven en improvisadas casas de adobe, sin luz y agua corriente, entre el polvo del camino, los excrementos y desperdicios, a las afueras de Kabul. Quizás, pese a sus poco confortables condiciones, el campamento de desplazados de Charah-e-Qambar es para muchos el lugar más seguro en el que han vivido en años.

Un joven afgano  porta unas garrafas  en el campamento de refugiados
Un joven afgano porta unas garrafas en el campamento de refugiados

Rahmatullah, de 37 años, llegó hace un año y cuatro meses con su mujer y sus ocho hijos, después de haber perdido a su padre, a su madre y a su sobrino en un ataque aéreo de la OTAN. La familia proviene de una aldea en el distrito de Sangin, al norte de Helmand.
Desde que el 1º batallón, 5º regimiento de los Marines instaló una base avanzada, en mayo de 2010, la aldea se volvió «insegura y violenta», aseguró Rahmatullah. Una noche, en una emboscada, un comando talibán atacó a un blindado de la OTAN y el Ejército estadounidense respondió con un bombardeo sobre la aldea. Un misil impactó en la vivienda de Rahmatullah y mató a tres miembros de su familia. «No sabemos qué hacer. Estamos atrapados en una encrucijada. Si apoyamos a las autoridades recibimos amenazas de muerte por los insurgentes y si no lo hacemos, la OTAN o el Ejército afgano cree que colaboramos con los talibán. La única opción para salvar a mi familia era huir de allí», explicó angustiado el desplazado. Su historia se repite una y otra vez con diferente nombre, con otra voz. Estos afganos son víctimas colaterales de la OTAN o usados como escudos humanos de los talibán.
Thura, de 42 años, es viuda y madre de ocho hijos. Huyó hace ya cinco meses con su hermana, su cuñado y sus hijos de la localidad de Zarai, en la provincia de Kandahar, y se instalaron todos juntos en el campamento de Charah-e-Qambar. Unos soldados estadounidenses entraron en la casa, durante una incursión nocturna, en busca de insurgentes y confundieron a su esposo con un talibán. «Entraron cuatro americanos, sacaron a mi esposo fuera y le dispararon», relató Thura. La mujer intentó proteger a su marido y, en el forcejeo, cayó al suelo y del golpe se le desplazó el abdomen. La viuda aun no ha recibido ninguna clase de tratamiento médico y tiene el vientre hinchado como si se hubiera tragado un balón de rugby.
«No somos talibán, Alá es mi testigo. Tengo mucho miedo de los norteamericanos. El Gobierno de (Hamid) Karzai tampoco nos protege», se quejó la desplazada. Shir Mohamed era imán de una mezquita de Mian Roda, en el distrito de Sangin (Helmand). Ahora cumple su función en la mezquita de Charah-e-Qambar, un habitáculo de barro sin ventilación y lona de plástico con alfombras en el suelo para rezar. Además de los rezos y del sermón del viernes, el mulá Shir enseña a los niños el Corán.
«Los talibán no son buenos musulmanes, pero tenemos la obligación de trabajar con ellos si las tropas extranjeras atacan a nuestras mujeres e hijos y el Gobierno no nos protege», increpó el clérigo musulmán, que perdió su vivienda y a una de sus cuatro mujeres en un bombardeo aéreo de la OTAN. Abdel Gani, de la localidad de Nazaka, también en el distrito de Sangin, escapó de su aldea hace un año porque las fuerzas de seguridad afganas iban a detenerlo.
Gani ya había cumplido condena de dos años, en 2002 en la prisión de Bagram, a 25 kilómetros de Kabul, y después fue trasladado a la cárcel kabulí de Pol-e-Charki. «Visto con turbante negro y me confundieron con un talibán. Lo he llevado siempre y no me lo voy a quitar porque es el color de los pashtunes», argumenta el desplazado para aclarar que no milita con la insurgencia. Como la mayoría de los hombres de Charah-e-Qambar, trabaja en la construcción. Sin embargo, desde hace varios meses está desempleado porque, según aseguró tajantemente: «no me contratan por mi aspecto».

Visitas «generosas»
Personas poderosas como Gulagha Shiazai, el actual gobernador de Jalalabad, nacido en la provincia de Kandahar, visita a los desplazados en el campamento al menos una vez al mes y casi siempre les hace entrega de «generosas» donaciones.