James Bond

La Razón
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A estas alturas del curso, ya no soy persona. No soporto el calor. Prefiero los rigores de un invierno en el Estrecho de Bering, por ejemplo, antes que un día de finales de julio en Madrid sin ventilador. Me siento más masa que nunca, pura ciudadanía. El desarrollo científico de la sociedad me empieza a importar un bledo ahora que me está fallando el «eyeliner» y por ello ya no doy el pego de una ex idealista-utópica evolucionada hacia el punto de vista socialista. Pasar todo el año tratando de parecer moderna, superior y revolucionaria es agotador, se lo digo a ustedes con la cartera en la mano (porque el corazón es que ni lo siento). Tanto mitin, tanto concierto, tanta manifestación, tanta pancarta, tanta agitación y propaganda, tanta fiesta humanitaria… No hay quien pueda, oigan. Yo soy de pueblo: en el fondo, lo único que me interesa son las ferias, pero de maquinaria agrícola.Lo que quiero, como el noventa por ciento de los españoles, es ser funcionaria. Tener una paguita fija. Vacaciones pagadas, paga extra. Un buen destino apacible en una ciudad de provincias con alta calidad de vida y pisos grandes y baratos. Y la tranquilidad de saber que «la empresa» no se va a hundir así como así porque los estados no quiebran. No hay más que acordarse del Imperio Romano, que tardó siglos en irse al carajo. Miren, los camaradas compañeros funcionarios saben que pueden cerrar el chiringuito en agosto y largarse al pueblo tranquilamente, pero la ciudadanía de progreso –como ésta que lo es–, se tiene que quedar aquí, dale que dale, en la cooperativa obrera de producción. Y eso es muy cansino. ¿Por qué no seré yo funcionaria? ¿Por qué tengo que pasarme los días de agosto creando las bases materiales para una forma superior de sociedad humana –el socialismo–, pudiendo estar en Benidorm tumbada en la arena y rodeada por esos aspirantes a fócidos que constituyen mi pequeña familia disfuncional y mis ingratos amigos? ¿Por qué tengo que andar analizando el carácter explotador del capitalismo pudiendo estar delante de un plato de gambas a la plancha y un jarro de sangría? ¿Por qué sentiré estas ganas de salir corriendo hacia mi dacha del Mar Negro o a la del mar de Azov? Jobar. Lo cierto es que la envidia me corroe y no dejo de acordarme de que hasta James Bond era funcionario.