Yo Leonor

La Razón
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Adivinen. Efectivamente: estoy castigada. Es la historia de mi vida, hijos, no hay día en el que esta gente no me monte un problema y me haga una montaña de un grano de maíz Bonduelle, que es el que devora mi hermana, la reina del carbohidrato, cada vez que el pediatra la pone a dieta. Y todo porque me pilló mi madre hablando por teléfono. «Hola, buenas. ¿Está la nadadora o ha huido despavorida dejando plantado al tito Alberto? Ah, que se lo ha pensado mejor, la pobre. Bueno, mire, que soy la rubia que sale siempre monísima al lado de los Reyes de España, la del mechón, y que sí que puedo ir a la boda, que esta gente mía es que es de un estirado y de un tiquismiquis que no hay quien la soporte. ¿Puedo llevar a mi hermana? Hombre, la ponemos boca abajo, le abrimos el sobre y sin enchufe, es un aspirador. Come bien y traga como un coche escoba. Incluso comida francesa, con lo mala que está. No. No devuelve, jamás. Otra cosa es que se ponga hasta las patas y un muslo invada otro país, avisen a la guardia fronteriza, oigan. Otro tema, mire. ¿Puedo llevar vestido sin calcetines? Es que mi madre no me deja aún, pero como ella no va, pues igual hago de mi capa un sayo. Ya. No, no, que lazo llevo, que no voy a ir como una mamarracha. Muy bien, pues entonces nada. Que le digan al tito Alberto que yo no soy rencorosa y que me da lo mismo aquella pregunta tan impertinente que hizo cuando nos iban a dar los Juegos Olímpicos porque yo, la verdad, suspendo la gimnasia. Hala, pues nada, hasta mañana si Dios quiere».

Total, que cuelgo y que noto dos ojos clavados en la nuca y era mi madre. Ya se pueden Vds. imaginar la que montó: que si un reformatorio, que si un campamento militar, que si ya no me va a pintar las uñas nunca, que se acabaron los pintalabios y que ya veremos si no me mandan interna a un colegio donde cortan el pelo nada más entrar. En fin, un dramón que no era para tanto porque me había acercado en un momento a Mónaco y habríamos quedado como unos señores. Pero nada, yo castigada y esta gente tratando de castigar al tito Alberto, con lo hermoso que está el tito Alberto y con la cantidad de ex novias que van a ir a la boda. Tú fíjate, cuando pensábamos que el tito no sólo no se iba a casar, sino que apuntaba a bata de cola. Ha venido mi padre luego a consolarme los lagrimones. Chiquitita, es que la agenda nos lo impide. Padre, más que los Grimaldi ya curráis, pero tampoco es de hernia de disco. Resumiendo: que, al final, me he «llevao» un azote.