Vaya par de granujas por José Clemente

La Razón
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Las duras medidas de ajuste desarrolladas por el Gobierno deben fructificar en nuestra deficitaria economía antes o después, y si es antes, mucho mejor que después. Pero los planes de reequilibrio, ajuste o «tijeretazo», término éste habitualmente empleado por la oposición, no son los «brotes verdes» que un buen día nos anunciara la vicepresidenta Económica del gobierno Zapatero, Elena Salgado, y que nadie, y menos los sindicatos, tuvieron oportunidad de ver por ningún lado. Fue una más de las muchas «boutades» de ese equipo desquiciado y ramplón que abandonó a España en la cola del INEM y del que ahora sólo se acuerdan las minorías. Fueron dos legislaturas en las que prácticamente desaparecieron los sindicatos de clase, porque para «panzistas» como Cándido Méndez (UGT) e Ignacio Fernández Toxo (CC OO) los más de cinco millones de parados que nos dejaron los socialistas y sus «correas de transmisión» parecían estar merecidos. Merecidos, digo, porque la izquierda y sus centrales obreras nunca se equivocan, únicamente malinterpretan sin mala fe la realidad. Me recuerdan a los pícaros Arturo Fernández y Paco Rabal en aquella serie titulada «¡Vaya par de granujas!», dos bordes redomados capaces de convertir en virtud lo que no era más que un vulgar atropello. No son los «granujas de medio pelo» de Woody Allen, pero mucho que lo parecen cuando son capaces de afirmar, ante la vigilancia policial de sus marchas por los pueblos de Andalucía o Murcia, que «se hace un uso antidemocrático e ilegítimo de los medios públicos cuyo coste debería emplearse en paliar algunas de las situaciones de injusticia social denunciadas por quienes protestan». Lo que hay que oir, aunque en el fondo lo malo no sea decirlo, sino que se lo crean. Como creyeron «ligth» los más de cinco millones de parados de Zapatero, al que sólo le montaron una «huelga ligth» para que la cosa fuera lo más equitativa posible. Un Zapatero, dicho sea sin ánimo de molestar a esos dos razonables señores de la fotografía que parecen ir cada uno por su lado, que ese presidente de Gobierno, tan igualmente «ligth» como los parados y la respuesta que le dieron, aplicó la primera reforma laboral, prolongó la edad de jubilación, envió al INEM a uno de cada dos jóvenes, dejó en la indigencia a un millón largo de familias españolas con todos sus miembros en el paro y se olvidó de los cerca de 800.000 españoles amenazados de desahucio por esos Bancos voraces y depredadores. Y encima, por qué van a ruborizarse al afirmar que el servicio ciudadano que prestan los miles de agentes en nuestro país es un coste que debería emplearse en fines más legítimos, como el que ellos prestan, por ejemplo, con las huelgas generales que convocan (dos en apenas siete meses y medio) para lograr en la algarada lo que los ciudadanos les niegan en las urnas. Lo hemos visto en Galicia, en el País Vasco y lo volveremos a ver en la catalanas del próximo 25-N. Tanto PSOE como sus socios de IU y sus respectivas centrales obreras UGT y CC OO, insisten en la estrategia a la «griega» del «cuanto peor, mejor», sin reparar siquiera en que los sufridores de sus huelgas son los ciudadanos. Critican el coste de la Policía, como los radicales violentos que después se enfrentan a los agentes en las calles a pedrada limpia, pero se olvidan de los 1.200 millones de euros que cuesta a todos los españoles una huelga general si sólo la secundara el 35 por ciento de la población, una cifra equivalente al IVA de 9 días, al 81 por ciento de las ayudas sociales de toda España, al 0,11 por ciento del PIB en un año o al 48 por ciento de ese PIB en un sólo día, o el pagar las prestaciones por desempleo a 3 millones de parados durante 13 días. Los planes de contención de gasto no son «brotes verdes», por eso Rajoy aseguró en el Senado que en 2014 volverá el crecimiento. Pero Toxo y Méndez miran para otro lado y hablan ¿de costes, de imagen o de rabia?, porque como decía Albert Camus, la estupidez, insiste siempre.