OPINIÓN: Aguante Emilio

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No es un obituario porque no será una pierna fracturada la que se lleve a este ocultista, hombre de letras, docente universitario y errado político que equivocó sus lealtades. Desconocía el escaso valor de la palabra en la «cosa pública». Sus compañeros de bancada (Alfonso, Alfredo, Fran… reciben hoy el tributo de su traición) ignoran, de hecho, el propio concepto de público: conciben el poder como la hiena la carroña, un bien que se defiende, si es necesario, a dentelladas con el congénere. Y también le prodigaron la acomplejada desconfianza que el mediocre le profesa al erudito. Lo sometieron, bolsas de basuras mediante, al rito iniciático de la marrullería política y lo arrojaron a las tinieblas extrapresupuestarias cuando sentían que descollaba. Concejal campeador: qué buen candidato si tuviera un buen partido.