Punto final por Alfonso Ussía

Me he propuesto que el de hoy sea mi último escrito con Santiago Carrillo de protagonista. Todo lo que tenía que decirle, se lo escribí en vida. Con su muerte, nada tendría sentido ni importancia. Pero reconozco que estoy más que confuso y sorprendido con los análisis y biografías que han aparecido en los periódicos serios. Adelanto que no he leído «El País». Se repite mucho el tópico de una vida de luces y sombras. Ya me explicarán. Una vida de luces y sombras fue la de Rafael «El Gallo» o la del maestro Rodrigo. La luz de la inspiración y el talento y la sombra de la incurable ceguera, o la luz del arte y la sombra del fracaso. Es cierto que Carrillo tuvo un importante papel en la transición. Como Suárez, como Torcuato Fernández Miranda, como Manuel Fraga, como Felipe González, como Tarradellas o el mismo Javier Arzallus, con el Rey de actor principal. Ese mérito compartido apenas se le reconoció a Fraga Iribarne, que llevó a la derecha inmovilista hacia los espacios de la libertad y la democracia. No le niego a Carrillo su aportación a ese impulso común de reconciliación que no ha terminado de triunfar. Pero creo que las luces de su vida se apagan ahí, y quedan las sombras, metáfora indulgente con su cuerpo presente todavía, para no referirme a las sangres.

Lo escribí años atrás. Mi madre, Asunción Muñoz-Seca, hija de don Pedro, torturado en la checa de San Antón y fusilado el 28 de noviembre de 1936 en Paracuellos del Jarama, resumió su sed de venganza en una promesa de muy fácil cumplimiento. «No le estrechéis la mano a Carrillo si tenéis ocasión de hacerlo». Me gustaría decirle a mi madre que hemos cumplido la promesa. El cristianismo nos ayuda a perdonar y estoy harto de escribir de Paracuellos. Aquella matanza se ha convertido en una nube que oculta la verdadera biografía de Santiago Carrillo, que fue implacable con los militantes del PCE en la clandestinidad activa y con los que disentían de su poder omnímodo. Es fácil recurrir a Jorge Semprún y Fernando Claudin. A las acusaciones de Lister y del «Campesino», que nos cuenta en sus escalofriantes memorias el nivel de crueldad de Carrillo y Dolores Ibarruri, otro mito «de luces y de sombras». Por mi parte, y con la autorización de mi abuelo y de sus cinco mil compañeros de martirio –niños, hijos de militares incluidos–, doy por cerrada la matanza de Paracuellos. Con su muerte, la Guerra Civil ha terminado, por ahora. Pero no la posguerra, en la que Carrillo tuvo una trayectoria depredadora con los militantes de su propio partido, llegando a delatar a quienes más sombra le hacían a la Policía del Régimen franquista. Julián Grimau.

Lean, para abrirse a la luz entre las sombras, el demoledor escrito publicado ayer en «El Mundo» y firmado por Carmen Grimau, hija del dirigente comunista fusilado por el franquismo después de ser víctima del chivatazo. No lo escribe el nieto de Muñoz-Seca, sino la hija de Julián Grimau. «El enterrador enterrado» se titula el texto. «Santiago Carrillo representó ante todo la forma más despótica y despiadada de ejercer la política». El último párrafo es estremecedor: «Pero yo, hoy, en el día de la muerte de Santiago Carrillo, sólo veo el silueteado de los clandestinos que no pudieron regresar de la utopía mortal de aquellos años de espejismo revolucionario. Y el rostro entumecido y los ojos negros de mi padre, Julián Grimau, esperando que el tercer tiro de gracia acabara con su vida. Porque hicieron falta tres tiros de gracia para matarle. Diferencia». ¿Luces y sombras?