Chile

Rebelión «ortográfika»

La Razón
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Hace un siglo sonaban las últimas voces, iniciadas en España, en pro de una «ortografía rrazional». Eran las de los neógrafos Karlos Kabezón y K. Newman, avivadores del contencioso ortográfico que desde 1823 hasta 1927 reinó en Chile, una de las ex colonias españolas menos afectas a la Real Academia Española (RAE). En su defensa, traían la autoridad del académico venezolano Andrés Bello (1781-1865), precursor de la reforma ortográfica en Hispanoamérica en la que se propugnaba, por ejemplo, el reemplazo de la g por la j cuando corresponde a este sonido («jeografía» en vez de geografía); el de la y por la i cuando tiene función vocálica («mui» por muy); y la eliminación de la letra muda h, pues nunca suena («oy» en vez de hoy).

Letras no significativas
Ahora, con la reforma ortográfica (2010), se reaviva la controversia entre los partidarios de la simplificación y adaptación a la pronunciación, denominada ortografía fonética, y los seguidores del criterio etimológico y del uso. Los primeros abogan por simplificarla eliminando del alfabeto letras como h, v, q, x, así como la k, por no significativas o duplicadas; los segundos, aun abrazando el principio fonético de escribir como se habla, exigen que éste sea ley consentida por todos. Y, como dijo el latino Horacio, el uso es el árbitro y señor de las lenguas.
En este sentido, el proceder de la RAE es impecable. Aduce argumentos tan sólidos como el de tratarse de una ortografía panhispánica de la lengua escrita cuya funcionalidad, si se adoptara una ortografía plenamente fonética, desaparecería. Y, como velar por la unidad idiomática más allá de los particularismos ortográficos no consensuados corresponde a las Academias de la Lengua, «el triunfo de la ortografía académica es el triunfo de la unidad panhispánica», en palabras de Ángel Rosenblat.