Estado de calamidad

La Razón
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Uno de los momentos calientes del Debate del Estado de la Nación se produjo cuando el jefe de la oposición le preguntó al presidente: «¿Por qué razón se empeña usted, señor Zapatero, en prolongar esta calamidad?». Asunto bien planteado por Rajoy, porque eso es hoy lo que casi todo el mundo se pregunta. Si nada funciona y hay que estar mendigado apoyos y malvendiendo a trozos el país a los nacionalistas, sería mejor que acabáramos ya la representación y se convocara a las urnas para que sean los ciudadanos quienes decidan. No está en esas Zapatero. Ayer se mostró resignado y apeló al patriotismo para intentar que la ciudadanía no le recuerde como un fracasado sino como alguien que intentó hacer lo que pudo pero sin mucha suerte. Se acepta la buena intención, por supuesto. Aunque resulte baldío el intento. Incurrió el presidente en las justificaciones de siempre y en los reproches conocidos hacia Rajoy: «Usted no ayuda y sólo quiere que las cosas vayan peor». Salvo la jalea de los suyos, poco eco encontró nuestro hombre en su despedida parlamentaria, que a tenor de los demás resultó «decepcionante», «agotada» y «patética». Lo que no fue obstáculo para que que, dentro de la cortesía, Rajoy le deseara buena suerte «en lo personal y familiar». No podía ser de otra manera. Ambos se han enfrentado muchas veces y se han dicho lo que han podido. Zeta creyó tener liquidado a su contrincante tras las últimas elecciones. Estuvo a punto, pero la realidad es que el que está hoy noqueado es él y quien le puede suceder en la Moncloa, el líder del PP. ¿Por qué? Se lo explicó Mariano en claro castellano: «Hemos pasado de codearnos con los mejores a ocupar el furgón de cola» de Europa. Más aún: «Recibió usted la mejor de las herencias y nos deja la peor». Zetapé ocupó gran parte de su denso discurso en prometer nuevas medidas para pymes, ayuntamientos, hipotecas y para controlar el gasto autonómico. La pregunta era obligada: «¿Y por qué no lo hizo antes?» A lo que respondió otra vez con excusas, circunloquios, reproches y una novedad: se colgó la medalla de haber inventado ¡las becas! Enhorabuena.