Marivent el adiós de Michelle

Los Reyes y la Princesa de Asturias almorzaron con la primera dama de EE UU y su hija Sasha en su residencia de verano. Fue la guinda de una visita intensa a España

Todo lo bueno se acaba. Y no sólo para los «curritos». También a las primeras damas se les terminan las vacaciones. Poco después del mediodía, Michelle Obama y su hija Sasha volaban ya hacia Washington. Su avión despegó del aeropuerto de Palma de Mallorca, dejando atrás sólo cinco días –eso sí, intensos– de visita a España, con alojamiento en Marbella, que les han dado para hacer casi de todo: han conocido la Alhambra, visitaron Ronda y Sasha disfrutó de la playa... La última parada fue en la isla balear, ayer, en una visita privada que no pudo evitar estar marcada por las mismas medidas de seguridad de los días anteriores y por el protocolo, ya que su destino era el Palacio de Marivent, residencia de verano de los Reyes. Y allí las esperaban Don Juan Carlos y Doña Sofía, y la Princesa de Asturias.


Michelle Obama y su hija habían salido por la mañana de Marbella rumbo al aeropuerto de Palma de Mallorca, donde llegaron a las 12:00. Allí las recibió el delegado del Gobierno en Baleares, Ramón Socías, el presidente balear, Francesc Antich, el jefe de la Casa Real, Alberto Aza, el embajador español en EE UU, el mallorquín Jorge Dezcállar, y su homólogo americano en nuestro país, Alan Solomon.


Besos en vez de manos
La comitiva se dirigió directamente al Palacio de Marivent, adonde llegaron pasadas las 12:30. Al llegar, la primera en bajar del coche, contra toda previsión, fue la pequeña Sasha, minutos antes de que lo hiciera su madre. Sin saberlo, se iba a convertir, un día más, con su naturalidad, en la protagonista de la jornada, como ya hizo con sus chapuzones en la playa de Marbella. Los Reyes y la Princesa de Asturias recibieron a la primera dama de Estados Unidos y a su hija pequeña en la entrada del Palacio. Aunque Doña Letizia prefirió esperar sin bajar las escaleras y dejó que fueran los Reyes quienes saludaran los primeros a las invitadas. Estaba sola, ya que el Príncipe Felipe había viajado a Colombia para asistir a la toma de posesión del nuevo presidente, Juan Manuel Santos. En cualquier caso, ayer por la tarde ya estaba de regreso en Madrid.

Pasados los primeros segundos, Don Juan Carlos le hizo un gesto a la Princesa de Asturias para que bajara también. Ataviada con un sencillo vestido blanco sin mangas y zapatos de tacón, Doña Letizia saludó a Michelle y Sasha con besos. Fue la tónica en los saludos de una jornada privada, ya que no se trataba de una visita oficial: besos para saludarse en lugar de apretones de manos.


Tono informal
Mandaba el tono informal. La falda de Michelle compartía color –un tul de tono salmón– con el top de su hija. La madre, con camiseta blanca sin mangas con dos grandes lazos, y la pequeña con una vistosa falda de volantes amarillos. Ambas iban conjuntadas con bailarinas plateadas. Por su parte, Doña Sofía lucía un sencillo y elegante vestido estampado en tonos azules, y Don Juan Carlos un pantalón gris y una camisa blanca sin corbata. Estaba claro que era una visita privada y en pleno verano, liberada de la rigidez que impone la etiqueta habitual de los actos de la Familia Real.

Pero siempre hay un código de conducta que cumplir, y ahí es donde la pequeña Sasha, involuntariamente, robó protagonismo a su madre. Y es que el protocolo mandaba que la foto de familia fuera sin niños. En ese momento se produjo un gracioso descontrol que quedó finalmente en anécdota: un miembro de la casa Real indicó a la pequeña que debía apartarse para poder realizar el posado, ella no sabía qué hacer y parecía empeñada en quedarse. Que sí, que no... El rey medió, de forma cariñosa. Guiando a Sasha por los hombros, como haría un familiar, trató de que la menor de los Obama se apartase del campo visual. Ella, solícita, se dejaba llevar por unos y otros, aunque parecía despistada sin saber qué hacer; incluso tiró de la manga del Rey como diciendo «que no, que me quedo». Hasta que su madre –siempre hay una madre que pone las cosas en su sitio, ya se sabe–, rompió el protocolo por completo y le indicó a Sasha que sí, que se quedara en la foto oficial de la jornada. Al momento, obediente, ni lo dudó. Así que, algo descolocados, sin saber bien al principio dónde iba cada quien con la inesperada chiquilla, se colocaron para la foto. La confusión duró sólo un instante y pronto estuvo todo claro. Hubo foto de familia, sonrisas, los habituales intercambios de impresiones y, acabado el photocall ante la Prensa acreditada –47 medios–, anfitriones e invitadas pasaron al Palacio para almorzar. Fuentes de la Casa Real señalaron a Ep que el almuerzo tuvo lugar en la terraza del Palacio de Marivent, con vistas a la bahía de Palma y a la cala de Calamajor, en vez de en un salón interior donde estaba previsto inicialmente. La comida consistió en gazpacho andaluz, suprema de rodaballo a la plancha, escalopines de ternera a la mostaza, arroz oriental con salteado de setas y tumbet, un plato típico mallorquín hecho con hortalizas y verduras. Frutas y helado les esperaban de postre.


Jugando con los infantes
Y, tras disfrutar del almuerzo, llegó el turno de los regalos. Doña Sofía obsequió a ambas invitadas con collares típicos de artesanía balear, incluido otro para la hija mayor de Obama. Por su parte, Don Juan Carlos entregó a la primera dama semillas de plantas hortícolas para que Michelle Obama pueda plantarlos en el huerto de la Casa Blanca. Sasha, de nuevo, volvió a ser el rostro amable del día: la hija pequeña del presidente de Estados Unidos obsequió con varios peluches a Leonor y Sofía, aunque se los tuvo que entregar Doña Letizia, ya que las infantas estaban en Madrid.

La Familia Real tuvo una nutrida representación, ya que la Infanta Elena, acompañada por sus hijos Froilán y Victoria Federica, se unió a sus padres y a las invitadas algo más tarde, llegando justo para el café. Tenía previsto estar en el almuerzo, pero su vuelo, procedente de Madrid, sufrió un retraso. Por su parte, la Infanta Cristina y su marido, Iñaki Urdangarín, llegaron también ayer a Palma, aunque no a tiempo para el almuerzo, procedentes de Santiago de Compostela, donde habían culminado la ruta jacobea.

Tras los regalos, la menor de la familia Obama jugó con los hijos de Doña Elena un rato, pero no hubo tiempo para mucho más: a las 14:30 salía de Son Sant Joan el avión que debía llevar a Michelle Obama hacia Washington. Y a las 14:11, la primera dama estaba saliendo ya de la que ha sido su última parada en una visita en la que el pueblo español le ha demostrado sin cesar cariño y, sin duda, curiosidad y entusiasmo.


Una visita sin tregua
La primera dama y su hija no sólo se han despedido de la costa malagueña entre aplausos y vítores de «Michelle, Michelle», también se llevan numerosas anécdotas para compartir con sus compatriotas y hasta alguna que otra marca de sol, como la que se perfilaba levemente ayer en la piel de la hija pequeña de Barack Obama. Su llegada en el «Air Force 2» el pasado jueves abría telediarios y acaparaba portadas, sin embargo, y a pesar de la intención de Michelle de «descansar», lo cierto es que ni ella ni Sasha han tenido tiempo para relajarse. Sus paseos por Granada, Ronda y, por supuesto, por Marbella son un ejemplo de ello. Además, la primera dama ha prestado un especial cuidado a la gastronomía y, por ello, no ha dudado en destinar parte de su tiempo a degustar los platos típicos. Vieiras, lubina, salmorejo y mucho jamón han sido algunos de los alimentos que ha podido saborear Michelle en los restaurantes más emblemáticos de cada localidad. Su periplo turístico comenzó el jueves en la Alhambra de Granada, uno de los monumentos que, junto con la plaza de toros de La Maestranza, en Ronda, más impresionó a Michelle. Su presencia no pasó desapercibida y, a pesar del imponente séquito que la acompañaba y de los más de 40 grados que marcaban los térmometros, a la esposa de Obama no se le borró la sonrisa del rostro. Saludó amablemente a las decenas de personas que se agolpaban para presenciar una visita histórica. La única «paradita» que decidió hacer Michelle fue, casi seguro, por petición de Sasha que, ya que venía a la costa española, quiso disfrutar de las olas y del sol. Por eso, el viernes fue su día. El paso de las Obama por Marbella no sólo les ha permitido conocer enclaves únicos, sino que también han disfrutado de la hospitalidad de un pueblo que se quiere olvidar de los «malayos» para recuperzar su «glamour» de antaño.