Vettel sin comerlo ni beberlo

Red Bull era otra cosa
Tanto que pió Sebastian Vettel cuando la famosa orden a Felipe Massa para que luego gane el título gracias a una treta propia de la recua de trapaceros latinos que pacen en Ferrari e indigna de un caballero tudesco. Red Bull basa su estrategia comercial, y por tanto también la de sus dos escuderías, en la frescura. Su patrón, Dietrich Mateschitz, es un simpático multimillonario austriaco que cuando el protocolo lo obliga a llevar corbata, él se queda en casa con tal de no ponérsela. Han revolucionado las rígidas costumbres del «paddock» con fiestorros de desmayarse y han competido durante todo 2010 sin responder a las tunantadas de Alonso y de Hamilton, dos críos mimados por sendos aparatos mediáticos, el inglés y el español, a cual más estridente y antideportivo. Pero en la última carrera, a Vettel y a su equipo les pudo el ansia de victoria a cualquier precio.
La Fórmula-1 es un deporte rabiosamente individual; por filosofía y también por reglamento. El pobre Mark Webber creía tener claro que en su box no primaría un piloto sobre otro. La estrella emergente era Vettel, pero él supo aprovechar el excesivo ímpetu de su compañero para auparse a un liderato que no le dejaron defender en los dos últimos grandes premios. En Brasil, cuando los monoplazas austriacos eran infinitamente superiores al resto, le prohibieron luchar por la victoria; y en los Emiratos Árabes, lo usaron como señuelo en una trampa que terminó por darle el título a Vettel. Fue el peón sacrificado del ajedrez. Es cierto que el alemán no es culpable de las maniobras del equipo, pero sí se benefició de este comportamiento ruin y en toda la semana no ha tenido siquiera una mala palabra amable hacia Webber.
Lucas Haurie



El valor de lo inesperado
Para los que no disimulamos nuestra falta de interés por la Fórmula-1, el final del Mundial ha supuesto poco, por no decir absolutamente nada. Bien es verdad que la última carrera tuvo algo más de emoción, aunque servidora no pudo evitar el aburrimiento y a los diez minutos ya se estaba dedicando al vermut de grifo con un toque de gaseosa. El campeonato lo ganó Vettel, que es un muchachito con la cara algo blanda y con los dientes grandísimos, aunque a mí el que me interesa es Webber, un tipo con pinta de zaguero de los Wallabies que además ha demostrado muy buen gusto al casarse con una señora más mayor y alejada de los patrones de las esposas de los pilotos al uso.
Ha ganado Vettel y a una le llama mucho la atención que los medios de comunicación hayan vendido su título como si al chiquillo éste le hubiera tocado en la tómbola de la Caridad junto a un bote de aceitunas, pero ya se sabe que, aquí, todo lo que no sea que Fernando Alonso arrase, se lleva regular.
Primero se ninguneó a Hamilton e incluso se le trató de la manera más injusta y antipática; ahora se trata de mi-nusvalorar lo conseguido por Vettel, dando la sensación de que más que por sus méritos es campeón por los deméritos del resto. El alemán fue el piloto más joven en lograr puntuar en la categoría y en su primera carrera, el más joven en liderar un Gran Premio (en Japón), en conseguir una «pole», un podio y una victoria (en Italia en 2008), y ahora es el más joven campeón del mundo en una escudería que le ha hecho frente a las dos más poderosas. Deberíamos felicitarnos por haber encontrado un deporte donde la liga no sea de dos.
María José Navarro