María Félix por Lluís fernández

Si hay una película que define a la «Doña», sobrenombre de la actriz mexicana María Félix, ésa es «La mujer sin alma». Pocas divas pueden compararse con esta mujer fuerte y dominante. Dotada de una belleza salvaje y con unos ojos acerinos que embrujaban a los hombres.

Su hierática majestuosidad, de una carnalidad inalcanzable, la convirtió, en los años 40, en la diva más grande del cine hispano, con justa fama de devoradora de hombres y menosprecio de mujeres débiles y serviles. Hasta tal punto trascendió su fama de dominadora, que un periodista cometió la imprudencia de preguntarle si era lesbiana, a lo que la estrella le contestó con ironía y menosprecio: «Si todos los hombres fuesen como usted, yo sería lesbiana».

A su lado, la primera «femme fatale» del cine, Theda Bara, resultaba un fantoche. María Félix encarnaba a la vampiresa cuyo embrujo resultaba fatal para los hombres en melodramas mexicanos tan desaforados como delirantes: «La mujer de todos», «La devoradora», «Doña Bárbara» y «Doña Diabla». Jean Cocteau dijo de ella: «Tanta y tan intensa es su hermosura, que duele».

De haber trabajado en Hollywood, María Félix hubiera competido, en un duelo de titanas, con las dos actrices más malvadas del melodrama: Bette Davis y Joan Crawford. Pero la «Doña» no admitía competencia femenina en sus películas, sino hombres fuertes de los que se enamoraba con una pasión malsana y a los que iba destruyendo por el placer de verlos sufrir, sometidos a su férula de una diosa que no admite ni traiciones ni desdenes.

Pocas estrellas merecen como ella ser llamada «Diosa». Sólo Greta Garbo, tildada por Cabrera Infante de «belleza metafísica», lo mereciera, pero al lado de la «Doña», de su impetuoso carácter, Garbo se disolvía en el amor y se perdía en el amado.

Era recia y contestona. Tuvo su aquél con Diego Rivera, que la pintó semidesnuda, pero abofeteó al príncipe Faruk por una insinuación sexual. Como en «French Cancán», donde la emprende a bofetones y patadas con una joven Françoise Arnoul. Más sutil resulta el enfrentamiento con Dolores del Río por el coronel guerrillero en «La Cucaracha». María, tan galla y deslenguada, le espeta: «No me eche sermones ladinos, que yo no busco recodos p'a taparme las ganas». Así fue María Félix, un icono sexual luchando en un mundo macho en pie de igualdad.