Teatro

«19:30» un texto políticamente corrupto

Patxi Amezcúa y Adolfo Fernández atacan con humor al común denominador de nuestra clase política sin discriminar por sexos ni creencias. Es teatro, pero real como la vida misma...

Óscar Sánchez Zafra, Antonio Molero, Nerea Garmendia, Sonia Almarcha y Fernando Cayo, en una escena de la obra
Óscar Sánchez Zafra, Antonio Molero, Nerea Garmendia, Sonia Almarcha y Fernando Cayo, en una escena de la obra

Después de ver a Roldán en calzoncillos en aquellas farras costeadas por los fondos reservados, el votante español ya tiene callo: se diría que nada nos sorprende. Quizá haya llegado el momento de, por lo menos, saber reírnos de la lacra de la corrupción. Desde luego, Patxi Amezcua lo intenta. En «19:30», comedia política, que no ideológica, que llega a Madrid, la trama arranca con una detención: la Policía ha pillado a Linares, un diputado del partido gobernante, a la salida de un prostíbulo ebrio, desnudo y con 500 millones de euros en un maletín. A la hora que marca el título se vota un importante acuerdo y el escándalo puede tumbarlo. Así que las cloacas del poder –aquí con trajes de diseño– pondrán la maquinaria en marcha para taparlo «con trampas, cortinas de humo o ventiladores de mierda para que todos quedemos manchados. O, si hace falta, una noticia que supere a la noticia», asegura Adolfo Fernández, que codirige junto a Ramón Ibarra este montaje del Teatro Arriaga –allí se estrenó– y KProducciones.

«Todos los acontecimientos que describe la obra o las anécdotas que la decoran se puede decir que son muy parecidas a lo que sucede hoy en día en España», explica por su parte el autor del texto, para dejar claro que se trata de una propuesta muy pegada a la actualidad.

Pero no tarda en aclarar que no habrá sesgo alguno: «Lo que se cuenta y los temas que refleja la obra son aplicables a toda ideología política. Cualquier partido podría encontrarse en la situación que muestra». Por eso, tranquiliza a quienes puedan temer que su sensibilidad política pueda sentirse atacada: «Los espectadores, tanto si son de izquierdas como de derechas, van a disfrutar de la misma manera».

Lo de disfrutar es clave: hablamos de una comedia, aunque no haya sido diseñada como tal: «No está escrita en ese tono, pero inevitablemente hay mucho de comedia», reconoce Amezcua. Lo que sí es seguro es que un texto así nace del desencanto: «Mi sensación, y la de mucha gente, es que la clase política y los líderes actuales no dan un nivel especialmente brillante. Tuvimos una generación, la de los años 70 y 80, de grandes líderes, gente muy preparada, de alto nivel, para lo bueno y para lo malo. Ahora se tiene la sensación de que todo es más mediocre, de que los políticos están menos preparados: son profesionales que viven de esto y, si un día se quedaran sin su puesto, no podrían hacer otra cosa. A eso se une a otra sensación, la de que la corrupción es general, que todo el mundo busca el dinero».

Abstención «brutal»

Un desencanto similar expresa Fernández. «Los ciudadanos vemos cuál es el comportamiento de los políticos, y aquí están representados todos: el que aún conserva los valores, el que dio un primer paso y el que ya está podrido totalmente». Fernández da vida además a uno de los protagonistas, Méndez, «la torre que van a tumbar para salvar al rey, siempre hay un peón que sacrificar». Y dice que es «una obra optimista: todos quedan un poco redimidos. Aunque al final ganan los malos y el poder queda en manos del corrupto». O sea, no es optimista ni pesimista, sino realista. El director ríe y asiente: «Este espectáculo lo ideamos antes de que saliera el caso Gürtel, pero da igual, tristemente siempre hay noticias así, están Filesa, las máquinas tragaperras o el Liceo. El ciudadano necesita ver sobre el escenario algo que le haga reflexionar sobre las personas que se dedican a la política. Hay un desencanto tan grande respecto a nuestros representantes que va a haber unos índices de abstencionismo brutales».

En escena, Antonio Molero da vida a Razquin, el jefe de prensa de Méndez, «un tipo rápido y veloz que no tiene escrúpulos y que quiere ser califa en lugar del califa», cuenta Fernández gráficamente (¿recuerdana a «Iznogoud»?). Y asegura sobre el cuarto poder que «algunos periodistas salen bien parados en el montaje... y otros no tanto».

Junto a Molero veremos a Fernando Cayo en la piel de Rojo, que encarna al cinismo puro y duro: «Es un tipo que ya dio el salto y defiende que no hay otra manera de hacer política». Y Rafael Martín, que es Linares, el del maletín, «un diputado de Teruel, el típico hombre bueno, de partido, al que confían el dinero; pero el maletín le quema en la mano, llevaba diez años sin beber, se mete en un bar y se toma una copa. Luego le ponen otra...». Ya saben el final.

Secretarias y «limpiadores»
Óscar Sánchez Zafra se mete en la piel de Serra, el gay rescatado de la droga, y Ángel Solo da vida a un personaje que, sin duda, existe en todo partido: el limpiador de los desmanes: «Es como el Sr. Lobo, el personaje de Harvey Keitel en Pulp Fiction», compara con humor el director. La secretaria encantada de conocerse, Mena, con el porte de Nerea Garmendia, y su marido caradura, Fuentes, al que interpreta Ramón Ibarra, no faltan en esta galería, todo un bestiario del cachondeo nacional. «Está todo en clave de alta comedia. Cuando leí la obra me interesó mucho que era absolutamente realista. Yo lo que no quería era hacer farsa con la política», recuerda Fernández. De hecho, Amezcua se reserva un personaje honrado: Urquijo, la política incorruptible, que se reparten Sonia Almarcha y Ana Wagener.