El partido de la penitencia

Londres- El miércoles, mañana, no va a ser de ceniza; no es la época; pero sí el del partido de la penitencia para la selección olímpica española, que no se juega nada salvo el honor, y que encontrará enfrente a un adversario, Marruecos, que necesita la victoria y esperar a ver qué sucede en el Japón-Honduras.

En Francia y en Inglaterra han acusado al joven equipo español de prepotente, de arrogante... Contra Japón los jugadores entraron al campo «sobrados», como si en vez de escuchar a Milla, que avisaba de los riesgos del rival, se hubieran contagiado de los cantos de sirena que anunciaban no sólo la clasificación «con la gorra» sino la final con Brasil... La eliminación es un fracaso y no sirven los paños calientes porque ni Japón ni Honduras presentan el potencial de aquella selección de Camerún que dejó a España sin el oro en Sydney.

Se puede perder, pero hay maneras: inadmisible la derrota en el primer encuentro, una lástima la del segundo y absurda la polémica que se ha levantado con twitters como el del triatleta Gómez Noya, partidario de que el fútbol no sea olímpico: «Por los malos modos de los jugadores, porque no juegan los mejores, porque es un rollo...». No lo fue en Barcelona'92 el oro de Kiko, Guardiola y compañía, y para cuestionar el fútbol habría que detenerse también en el tenis, el baloncesto, el balonmano, el waterpolo, el ciclismo... Hasta que sólo compitiera Gómez Noya.

La eliminación española ha pillado a todo el mundo con el pie cambiado y ha sido, quizá, el colofón de una serie de fatalidades que dejaron en precario al equipo olímpico español, criticado –no los deportistas– a partir del uniforme. A las sucesivas lesiones de los ciclistas, la de Freire, la de Samuel Sánchez, se unió la baja inesperada de Rafa Nadal, ni más ni menos que el orgullo del deporte español, su abanderado, una medalla casi segura, como la del fútbol, como la de Llaneras –que ya no corre– en el velódromo, o esa otra de la ilusión que siempre acompaña a Freire. Demasiadas ausencias. El fútbol no tiene la culpa, pero cumplirá mañana la penitencia.