Pérez Puig puro teatro

El director que apostó por clásicos españoles, como Buero Vallejo, Sastre y Jardiel Poncela, falleció a los 81 años, después de una vida que consagró a la escena y su divulgación en la pequeña pantalla

A Gustavo Pérez Puig no le gustaban las «moderneces», como las llamaba. Muchos, en el mundo teatral de los últimos años, no entendían ni compartían su visión del espectáculo, alejada del experimento, del divismo del «regista» y de la contextualización e innovación en la puesta en escena. Pero hay que hacer memoria para entender por qué Pérez Puig, que ayer murió a los 81 años en el Madrid que le vio triunfar y crecer, fue y será un hombre de gran importancia para la escena española. Podríamos resumirlo en lo institucional, decir que entre 1990 y 2003 dirigió el teatro más emblemático de Madrid, el Español, y que, aplicando su ideario teatral, el que concebía el éxito de un montaje según su tirón entre el público y no a partir de vagas teorías intelectuales, lo llenó una temporada tras otra con títulos clásicos que siempre creyó que no debían faltar en una capital: «Cyrano de Bergerac», que tuvo en cartel tres temporadas; varias versiones de «Don Juan Tenorio», que repetía cada noviembre y que algunos años prorrogó durante meses; textos de Alfonso Sastre como «Escuadra hacia la muerte»; comedias de Alfonso Paso –el autor que encarnó como ninguno esa concepción del comediógrafo popular– y, cómo no, geniales laberintos de frases ocurrentes de sus admirados Enrique Jardiel Poncela y Miguel Mihura.

Su nombre también se vincula al auge del teatro televisado durante varias décadas. Los «Estudio 1» de TVE podrían haberse llamado perfectamente «Estudio Pérez Puig», con permiso de otros directores-realizadores como Alberto González Vergel y Pedro Amalio López. La cadena había nacido casi con Pérez Puig en 1956, aunque él al comienzo fuera regidor y ayudante de realización. Ya convertido en realizador, llevó las riendas de numerosos programas y concursos y, sobre todo, dirigió espacios como «Café cantante, nace una canción» y «Teatro Apolo». A partir de 1959, de su visión teatral, aplicada a aquella televisión aún medio en pañales, surgieron títulos enormes como «Don Juan Tenorio», con Paco Rabal y Concha Velasco como protagonistas, además de Fernando Guillén, Maruchi Fresno y un largo etcétera (1964); y «Doce hombres sin piedad» (1973), con José María Rodero, José Bódalo y Rodolfo Sancho, entre otros. En aquella televisión de finales de los 60 conoció a otra realizadora, Mara Recatero, que habría de ser su esposa y compañera de viaje en el mundo del teatro hasta el final. Sus obras televisadas seguían siendo éxitos: con «Dulce pájaro de juventud» (1974) unió en pantalla a Álvaro de Luna, Daniel Dicenta, Arturo Fernández y Pedro Osinaga; en «El burlador de Sevilla» (1976) hizo lo propio con Javier Escrivá, María Luisa Merlo y Ana María Vidal; y de nuevo el mismo texto con Jaime Blanch como su Don Juan, acompañado de Encarnita Abad, con quien también dirigiría «El caso de la mujer asesinadita», de Mihura (1983).

De la escena a la televisión
Fueron muchas las obras que trasladó a la pequeña pantalla: en «El mejor alcalde el Rey» (1977), juntó a Emilio Gutiérrez Caba y Fernando Guillén, entre otros; le dio uno de sus papeles más populares a Victoria Vera en «Ninette y un señor de Murcia» (1984); sus dos versiones de «La venganza de Don Mendo» son icónicas y recordadas, con Manolo Gómez Bur (1979) y José Sazatornil (1988), respectivamente; en «Vaya par de gemelas» (1983) trabajó con Lina Morgan… Así hasta 1989, con «La dama del alba», de Casona, protagonizada por Yolanda Arestegui. Su salida coincidió con la nueva televisión, la era Lazarov y la llegada de las cadenas privadas. Los tiempos cambiaban y hasta hace bien poco, cuando por fortuna TVE ha vuelto a retomar los «Estudio 1» con obras como «La viuda valenciana» y «Urtain», el teatro desapareció de la programación durante casi dos décadas.

Pérez Puig para entonces iniciaba una nueva etapa: el alcalde de Madrid, José María Álvarez del Manzano, le ofreció la dirección del Teatro Español, que asumió en 1990 tomando el relevo de Miguel Narros, y donde desarrollaría algunos de los mejores años de su carrera en una larga residencia en la calle Príncipe, hasta 2003. Con Mara Recatero como directora adjunta, dejó su huella apostando por clásicos y manteniendo los éxitos en cartel, a veces durante varias temporadas, siempre que el público lo pidiese. Nunca supo lo que era una fecha de salida programada.

Más allá de todos estos méritos, la huella de Pérez Puig es generacional y estilística. Fue un director y productor que tuvo siempre claro que la batuta de la compañía debía ponerse al servicio del teatro de texto, el gran repertorio clásico y contemporáneo, fundamentalmente el europeo, el americano y, claro está, el español, sin aparecer. Y hacerlo con talento narrativo, con ritmo, con sencillez y elegancia. Jovencísimo, Pérez Puig llegó y besó el santo: convenció a Miguel Mihura de que le dejara estrenar «Tres sombreros de copa», un texto que se moría de pena en un cajón desde hacía veinte años y que el nuevo creador convirtió en un enorme éxito, alabado por la crítica del momento y ratificado por el público. Corría 1952 y se forjaba la escuela de un director que habría de montar centenares de obras, desde «Escuadra hacia la muerte», de Alfonso Sastre (1953), y «Una tal Dulcinea» (1961), de Alfonso Paso, hasta «Las mocedades del Cid», de Guillén de Castro (1990), su tarjeta de presentación en el Español con un Rodero que moriría al año siguiente y un joven Juan Carlos Naya, con quien tanto trabajaría después.

Director precoz
Madrileño de 1930 criado en Murcia, la tierra que siempre hizo suya, Pérez Puig se formó al abrigo de los jesuitas, y estudió Derecho y Filosofía y Letras. En aquella España a menudo gris en la que teatralmente no había tanto donde elegir, se desfogó como actor en la compañía de Catalina Bárcena, pero pronto, en 1950, probó al otro lado, en la dirección, con un texto que admiraba y al que regresaría, «La venganza de Don Mendo», de Pedro Muñoz Seca, y después, como tantos otros, en el Teatro Español Universitario (TEU), con «Cuatro corazones con freno y marcha atrás», de Jardiel Poncela, autor de referencia durante el resto de su carrera. Fue Premio Nacional de Teatro en 1962 y en 2003. En ese intervalo, cuatro décadas de dedicación y devoción por la escena, dirigió obras de Alfonso Paso, Buero Vallejo y Muñoz Seca, y, sobre todo, llevó la escena a la televisión, entonces pública y única, formando a un par de generaciones en el amor por las tablas y forjando en gran medida el reconocimiento popular de muchos actores.

Discutido por parte de la Prensa y la afición en su última etapa en el Español, su salida fue conflictiva, con Mario Gas como sustituto. Siguió trabajando sin parar desde que dejó el Español, de nuevo por su cuenta, con Mara Recatero como directora y él como productor en más de una ocasión, un tándem ya consolidado: en 2008 estrenó «La decente», una comedia amoral de Mihura, protagonizada por Manuel Galiana y Victoria Vera, con la que insistió –la había dirigido para televisión en 1965– en derrumbar prejuicios sobre un autor al que la izquierda había castigado injustamente. Ya en los últimos dos años su salud se había deteriorado, aunque seguía conservando su ingenio. La última vez que se le vio en público fue para presentar en el Marquina una nueva versión de «Las cinco advertencias de Satanás», cómo no, de Jardiel, un texto huidizo que protagonizaron Andoni Ferreño y Pep Munné. Desde aquello, en septiembre de 2011 y ya confinado a una silla de ruedas, con los pulmones bajo mínimos, no se le había vuelto a ver. Ayer, tras entrar en un breve coma, hizo definitivamente mutis, acaso para buscar a Jardiel y a Mihura, donde quiera que estén, y seguir dirigiendo comedias, que fue lo que más le gustó y lo que supo hacer como pocos.

 

Mario gas: «llevó sus ideas hasta las últimas consecuencias»
Mario Gas, su sustituto al frente del Español (en la imagen), subrayó que el fallecido dedicó su vida al teatro y a la televisión, «y el hecho de que tuviera una ideología y una visión de la vida y el mundo» diferente a la suya no le impide reconocer sus méritos, informa Efe. «Personalmente era muy simpático y me he reído mucho con él. Gustavo llevó todas sus ideas a las últimas consecuencias –se definía como "falangista"– pero, a la vez hizo todo lo último de Buero Vallejo y la primera etapa de Alfonso Sastre», recordó. En su opinión, el director era «un verdadero hombre de teatro» y lamenta que España sea «tan desmemoriada a muchos niveles y tan poco agradecida con la gente, que, poco a poco, queda borrada. Lo importante es lo que esas personas han dado al teatro en la época en la que han estado activos», terminó.