El «bunga bunga» de Gadafi

Dice el refranero popular que «detrás de un gran hombre hay una gran mujer». Gadafi tiene medio centenar. Ahora, más que nunca, las necesita para que vigilen sus maltrechas espaldas. Y también a sus enfermeras. El líder libio se ha encargado de que su imagen pública siempre aparezca escoltada por un grupo de féminas armadas y de sanitarias voluptuosas.

LA FLAQUEZA DEL BOLCHEVIQUE: Las mujeres son el «talón de Aquiles» del dictador libio. Siempre viaja acompañado de un séquito, que se ha convertido en su gente de confianza
LA FLAQUEZA DEL BOLCHEVIQUE: Las mujeres son el «talón de Aquiles» del dictador libio. Siempre viaja acompañado de un séquito, que se ha convertido en su gente de confianza

En sus viajes oficiales suele desplazarse con un séquito de unas 300 personas, aunque su grupo de confianza está formado principalmente por mujeres. A ellas les confía vigilar su salud y su integridad física, pero los requisitos que deben superar extralimitan las funciones propias de su oficio.

Las mujeres guardaespaldas no llevan velo, aunque sí suelen ir ataviadas con diversas joyas. Tampoco escatiman en cuidar su aspecto: el pintalabios, la laca de uñas y el delineador de ojos son sus «armas» de seducción más recurrentes. Pero más allá del aspecto físico, quienes las conocen saben que están dispuestas a entregar su vida por Gadafi, entre otras cosas, porque es uno de los juramentos a los que las someten para conseguir el trabajo, que goza de gran prestigio.

Su vida, por la del sátrapa

Su integridad a la hora de cumplir este precepto pudo comprobarse en 1998, cuando el dictador libio sufrió una emboscada por parte de fundamentalistas islámicos. Siete de sus agentes de seguridad resultaron heridas y una falleció porque protegió con su cuerpo el de Gadafi, recibiendo ella el impacto de las balas. Se dice que la fallecida, además, era una de sus guardaespaldas favoritas. Al margen de los rumores, el entrenamiento de estas jóvenes es bastante duro y acaban adquiriendo una gran destreza para el combate. Gadafi las exhibe como un símbolo de la emancipación femenina, aunque lo cierto es que él mismo hace la selección final de las que integrarán su escolta. Y les exige una condición insólita: preservar su virginidad. Aunque muchos especulan con que Gadafi no sólo espera de ellas protección, sino también sus favores sexuales; el dictador rechaza estas acusaciones. Para el mandatario la explicación a su requisito de castidad está en que hay una antigua creencia que defiende que las vírgenes y las lesbianas son las mejores guardianas por su capacidad para sentir el peligro. Asimismo, Gadafi considera que las mujeres son más leales que los hombres a la hora de sucumbir a algún tipo de soborno o chantaje.

El dictador hipocondríaco

Las exigencias a su cuerpo sanitario no distan mucho de lo que pide a cualquiera de sus asalariadas. Al igual que sus guardianas, Gadafi viaja en compañía de jóvenes enfermeras que además, poseen un físico exuberante. Al menos, así lo reflejan algunos de los documentos desvelados por Wikileaks, en los que se hace mención a la compañía de Gadafi. «Nunca viaja sin una hermosa enfermera».

Asimismo, en la visita a Nueva York que hizo en septiembre de 2009 –durante la Asamblea General de la ONU– se dejaron al descubierto algunas de las fobias del dictador. Al parecer tiene cierta tirria a las alturas y se negaría a vivir en un piso superior a la primera planta.

También odia los viajes largos o los vuelos sobre el mar. Y será por eso de que le desagradan los desplazamientos, pero, una vez que se mueve, el coronel sabe sacar partido a su tiempo. No en vano, durante la aludida visita a Nueva York, Gadafi aprovechó para realizar unas compras algo atípicas. Al parecer, el dictador libio entró en diversos «sexshops», visiblemente emocionado y adquirió varios productos de los establecimientos.

Con todo, el libio parece moverse entre el fundamentalismo ideológico y la demencia sexual. Prueba de ello es el testimonio de la periodista del «USA Today» Barbara Slavin que en 2004, durante la conferencia «Libia y democracia» aseguró que el dictador concedía entrevistas a las occidentales a cambio de sexo. «Hubo algunas mujeres periodistas que sucumbieron a sus peticiones con la esperanza de conseguir información y buenas conexiones» comentó Slavin. En uno de sus viajes a Libia la redactora del «USA Today» –que es experta en Oriente Medio– comprobó de primera mano las molestias que causó en el entorno de Gadafi porque había viajado acompañada por su marido, también periodista.

Un mesías en Italia

La expresión «bunga bunga» puede tener muchas acepciones: desde ser un ritual sodomita practicado en algunas tribus africanas, hasta una manera de definir la postura sexual que adoptaban los cavernícolas. Sin embargo, la frase se ha popularizado cuando «Ruby Robacorazones» –la joven que acusó a Silvio Berlusconi de haber mantenido relaciones con ella cuando era menor– describió una de las bacanales que «Il Cavaliere» montaba en su casa. Supuestamente, el primer ministro italiano se refería a los encuentros sexuales con varias mujeres con la expresión «bunga bunga», un tipo de refriegue que su amigo Gadafi practicaba con su harén.

Con estos precedentes y por aquello de fomentar el intercambio cultural, en una de sus visitas a Italia en noviembre de 2009, el dictador libio aterrizó dispuesto a difundir el mensaje del Corán. Ojo, pero no ante un público cualquiera. Un total de 200 mujeres acudieron al encuentro que se celebró en la residencia del embajador en Roma. El propio Gadafi había solicitado a una agencia de azafatas jóvenes de entre 18 y 35 años que superasen los 1, 65 metros de altura. El ilustre público fue obsequiado con un ejemplar del corán y otro del «Libro Verde», escrito por Gadafi. Además, cobraron 60 euros por asistir al evento.


El detalle LAS DAMAS «OFICIALES»
Al margen de las relaciones esporádicas que podría mantener con algunas de sus empleadas, Gadafi es el cabeza de familia de una extensa prole. Tiene ocho hijos biológicos fruto de diversos matrimonios. El primogénito, Muhammad, nació de la relación con su primera mujer Fathia Khaled. Los siete restantes los tuvo con su segunda esposa, Safia Farkash que fue una de las enfermeras que trabajaba para Gadafi. Curiosamente, la última mujer con la que relacionan al dictador, la ucraniana Galina Kolotnitska, también es una de sus enfermeras y se ha convertido en la sombra del coronel. Fue una de las revelaciones de Wikileaks, que sacó a la luz la supuesta relación sentimental que Gadafi mantiene con esta joven, a la que describen como «una voluptuosa rubia».