El fútbol multicultural en la guillotina

El desastre de la selección «bleu» en el Mundial de Suráfrica ha puesto a la sociedad gala ante su espejo y vuelve a debatirse sobre lo que significa ser francés 

La identidad francesa, rica en símbolos (en la imagen, una recreación de «La libertad guiando al pueblo», de Delacroix) ha sido herida en el Mundial
La identidad francesa, rica en símbolos (en la imagen, una recreación de «La libertad guiando al pueblo», de Delacroix) ha sido herida en el Mundial

Una vergüenza nacional. Ése es el sentimiento que ha dejado en Francia su selección tras un calamitoso paso por el Mundial de Suráfrica. Y no sólo porque en lo deportivo se haya rozado el ridículo sino porque con su actitud vengativa, desdeñosa y casi infantil, han conseguido empañar la imagen del país en el mundo. Que sea el hazmerreír planetario y que así lo publique desde el «New York Times» hasta la prensa china. Han conseguido que a Francia le duelan sus colores y que sienta alivio de que «los suyos» regresen rápido, aunque sea con la cabeza gacha y por la puerta de atrás. Sin embargo que la «Casa Azul» se haya desmoronado hasta tocar fondo no sorprende porque era «un campo de ruinas, física y moralmente», reconocía desazonada esta semana la ministra de Sanidad y Deportes gala. Pero ha sido necesario asistir al episodio «Anelka», a los graves insultos proferidos por el jugador contra el entrenador y publicados en la portada de un diario, al insólito amotinamiento del equipo a modo de venganza, y todas sus consecuencias, para comprender que si la casa se ha desplomado es porque sus fisuras venían de lejos. También ha sido necesario vivir, casi en tiempo real, cómo un selección nacional boicoteaba un entrenamiento a dos días de un partido decisivo y secuestraba, no sólo la camiseta de todo un pueblo, sino los deseos, sueños y esperanzas de muchos seguidores para descubrir que la lógica interna del equipo no es tan lógica. Que funciona por clanes y que se organizarían en función de sus creencias: musulmanes o no; o de sus orígenes: africanos o franceses de pura cepa e incluso entre los que proceden de las Antillas y los que no. Que la ley que impera es la del más fuerte, o la del más veterano sobre el más joven –como el cabecilla en el recreo del colegio– y que la unidad no sería más que una fachada.Silbidos a La Marsella¿Tiene la selección francesa un problema de identidad? La pregunta parece pertinente. En todo caso, lejos queda ya aquel celebrado espíritu «Black-Blanc-Beur» (Negro-Blanco-Árabe), multirracial que se consagró con la victoria gala en el Mundial del 98. «Algo falso. Un espejismo. Allí no se encerraba ningún modelo de integración. Porque de hecho ya es un error hablar de raza, color o religión para referirse a unos jugadores que son todos ciudadanos franceses», explica a LA RAZÓN Jean-Marie Brohm, estudioso de la sociología crítica del deporte y autor de numerosas obras sobre el olimpismo, el fútbol y sus desviaciones. Sin embargo, en aquel momento el presidente Jacques Chirac no dudó en apropiarse del triunfo de sus internacionales para demostrar que el fútbol podía servir para sellar la fractura social que dividía a Francia y sobre la que basó su campaña electoral dos años antes. Hoy, Nicolas Sarkozy no puede hacer lo mismo pero sí convertir el desastre cosechado en un asunto de Estado para «refundar y moralizar» el fútbol galo. Paradójico, estima Brohm, cuando la mancillada imagen que ahora se intenta restaurar es «el reflejo de la república de Sarkozy: bling-bling, ostentosa, arrogante y pervertida por el dinero. Aunque hace dos décadas –matiza-, en los años Mitterrand, ya era también así». Los graves improperios y el lenguaje marginal y barriobajero también dan cuenta de la cultura de la que estaría impregnada la actual selección gala. «Es evidente que hay una influencia de la cultura ‘‘banlieue'' –de los suburbios– y del insulto», analiza Brohm, para quien los futbolistas, jueguen en la selección nacional o no, son víctimas y cómplices de un sistema que ha hecho de ellos seres «individualistas, narcisistas, autoritarios y altivos». Y que sólo respetan una cosa, asegura, «el dinero». «Se ha hecho de ellos unos mercenarios del balón, que ganan millones de euros y que lo último que les importa es si defienden o no los colores nacionales». Precisamente esas exorbitantes remuneraciones les mantienen encerrados en una burbuja, completamente desconectados de la realidad.Se veía venirLa humillación «se venía venir», asegura Rama Yade, secretaria de Estado para el Deporte, consternada por un comportamiento que sugiere muchos calificativos menos el de ejemplar. «Más valdría que cantaran ‘‘La Marsellesa'' porque ellos representan los valores, la imagen, la identidad de Francia», declaraba esta semana. Boicotear a labios cerrados el himno nacional es una prueba evidente de malestar. De que la identidad nacional levanta ampollas y que el debate lanzado por el presidente Sarkozy para definir «en qué consiste hoy ser francés» vuelve a estar de actualidad. Rachid tiene 27 años, es francés de padres argelinos y vive en un barrio popular del este de París. Asegura sin empacho alguno defender con orgullo la bandera tricolor gala y los colores de su tierra de origen. Pero sobre todo está cansado de un cierto «cinismo». «Estoy harto de que cuando la selección nacional gana, se habla de jugadores franceses, y que cuando pierde se refieran a ellos como franceses de origen inmigrante», nos cuenta. En la derecha, el debate está abierto y es virulento, pero hay voces como la de la secretaria de Estado de Urbanismo, Fadela Amara, magrebí de origen, que advierten del peligro de estar abonando el terreno del Frente Nacional si las críticas a la selección «se hacen en términos de etnias». Transitar por estos terrenos resulta siempre explosivo en Francia. Hablar de «banlieues» significa retrotraerse a las recientes revueltas urbanas que incendiaron en 2005 y 2007 algunos suburbios del país. Y a la promesa del entonces ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, de «limpiar la zona de escoria a golpe de Karcher –con manguera a presión–». Toda una provocación. Precisamente en esas barriadas periféricas han crecido algunos de los jugadores de la actual selección y donde no son sólo héroes sino modelos. Por eso «tampoco se trata de estigmatizar a los ‘‘banlieues''», estima Brohm, en completo desacuerdo con las posturas radicales con las que se despachaba estos días el filósofo galo Alain Finkielkraut al comparar a los «bleus» del fútbol nacional con «una banda de golfos que no conocen más moral que la de la mafia». Nostálgico de la «generación Zidane», este polemista y siempre provocador asegura que los que hoy les reemplazan, «la generación ‘‘racaille'' (escoria)» le dan «ganas de vomitar».Para Brohm, autor de «El fútbol, una peste emocional», Zidane dista mucho de ser el superhombre ejemplar que algunos describen: «No hay que olvidar que repartía cabezazos generosamente, como el que recibió Materazzi y con el que dijo adiós al fútbol. De lo que se trata en estos momentos es de ir al fondo y analizar el sistema del fútbol hoy día y su funcionamiento mafioso, dominado por el dinero». Y sobre el debate «racial», asegura que el problema en esas barriadas periféricas «no es de carácter étnico, sino social: el subdesarollo, la urbanización salvaje, la ausencia de servicios públicos, de una auténtica y comprometida política sanitaria y de educación».A modo de conclusión, lamenta que lo único que se les ofrece a muchos de esos jóvenes como vía de escape, realización personal y ascensión social sea: «el fútbol». Pero con toda sus perversiones. Y en entre ellas la del lucro. «Es una pena que no se les forme en la integración republicana, en el respeto de la ley y de los valores. El dinero es lo único que respetan. Es triste que a chavales de estos barrios, de apenas trece años y que aspiran a ser futbolistas, lo único que les interese son los contratos».

 

Dos tipos peculiaresDomenech no deja indiferente a casi nadie. Entrenador del Olympique de Lyon y de la selección francesa sub'21, llevó a la absoluta a ser subcampeona del mundo hace cuatro años, con los últimos coletazos (y cabezazos) de Zidane. Después, el desastre. Ha reconocido que en sus alineaciones se guiaba por asuntos tan fiables como los signos zodiacales. En la Eurocopa de 2008, tras caer Francia, Domenech pidió matrimonio a su mujer en la conferencia de prensa. Va a ser sustituido por Blanc, un ex futbolista de éxito y campeón del mundo. Aunque es complicado que Blanc pueda con Anelka, el futbolista que pasó por el Madrid sin decir ni «mu» y fue expulsado del Mundial por insultar demasiado. Desde que empezó su carrera, se ha dicho del delantero que tiene que explotar. Puede que cuando se retire, se siga diciendo.