«Skyfall»: El origen del mito

Director: Sam Mendes. Intérpretes:Daniel Craig, Javier Bardem, Ralph Fiennes, Judi Dench. Gran Bretaña/EE UU, 2012. Duración: 123 minutos. Acción.

lo mejor: Bardem trabaja un difícil registro, que se debate entre lo amenazador y lo autoparódico

Tras el fracaso de «Quantum of Solace», los fans de James Bond empezaron a pensar que quizá habían puesto esperanzas en el relevo de Daniel Craig demasiado pronto. Es una sorpresa, pues, que Sam Mendes, que tanto sirve para un roto como para un descosido y que se enfrenta por primera vez con la acción épica, haya superado en resultados a la magnífica «Casino Royale». «Skyfall» es una película extraña, no tanto porque nos brinde la oportunidad de ver a un agente 007 alcohólico, en baja forma y desencantado sino porque apuesta por una estructura en larguísimas «set pieces» –el clímax final dura media hora–, porque presenta al villano (espléndido Javier Bardem) a mitad de metraje y hace brillar sin esfuerzo su dimensión de némesis, de Fantasma de las Navidades Futuras, de Bond, y porque trabaja la puesta en escena desde un prisma estético –las bondades de la excelente fotografía de Roger Deakins– que deja en cueros a buena parte del cine «mainstream» con que competirá en la cartelera.
La memorable secuencia precréditos en Estambul es digna de cualquiera de los episodios de la saga «Misión imposible», pero Mendes, aunque no renuncia al espectáculo habitual de explosiones, bulldozers y coches machacados, quiere darnos un suplemento: cuando, en Shanghái, Bond se pelea en un rascacielos con un asesino a sueldo, una gigantesca medusa electrónica proyectada como telón de fondo hace que la secuencia parezca una pesadilla subacuática. El largo monólogo de presentación de Bardem, caracterizado como el hermano loco de Julian Assange, perturba más que cualquier amenaza física, en la que tal vez sea la película de Bond con mejores diálogos de la serie que ahora cumple cincuenta años. Las comparsas femeninas (pienso en el de Naomie Harris) están desdibujadas, probablemente porque esta vez es M (Judi Dench) la que debe concentrar las miradas.

M es la madre adoptiva capaz de devorar a sus hijos huérfanos, puntiagudo vértice de un triángulo de lazos inquebrantables traicionados por el amor a la patria, por el trabajo bien hecho. Mendes, que tiene la mano rota de dirigir teatro, detecta las posibilidades trágicas –en el sentido griego– de la historia. De ahí su fuerza dramática: las alusiones al terrorismo o a la violación de seguridad nacional son cortinas de humo para ocultar que lo que de verdad le interesa a Mendes es «Skyfall», ese lugar a donde los protagonistas vuelven como si fuera Manderlay o Xanadú, el útero materno, el origen del mito.