Libros

Queridos señores Coetzee y Auster

En 2008 arranca la correspondencia que se recoge en «Aquí y ahora», epístolas sobre los temas más variados de estos «hermanos», que así se bautizaron, de tinta que se habían leído pero no se conocían en persona. Hace cuatro años decidieron empezar este ejercicio, conversar en la distancia «como si viviéramos en la misma ciudad». Este amenísimo volumen los acerca al lector«Aquí y ahora»P. Auster y J. M. CoetzeeAnagrama y Mondadori266 páginas, 18,90 euros

Auster (izda.) y Coetzee (dcha.) han reunido sus cartas de los años 2008 a 2011
Auster (izda.) y Coetzee (dcha.) han reunido sus cartas de los años 2008 a 2011

Raras, encendidas, afables, recíprocas. Las relaciones entre los escritores no siempre resultan vínculos fáciles. Hay de todo: la envidia soterrada, por ejemplo, que John Cheever sintió hacia el otro John: Updike; la admiración mutua que se profesaron Bioy Casares y Jorge Luis Borges a lo largo de tantísimos años, el clima festivo que reinó entre Saul Below y Martin Amis, la relación que éste mantuvo, y que terminó mal, con Julian Barnes; y el divorcio entre Paul Theroux (que acaba de visitarnos, precisamente) y Naipaul y que concluyó, como era de esperar, en un libro: «La sombra de Naipaul», donde Theroux describe el vínculo que le unió al premio Nobel durante treinta y cuatro años, una amistad que atravesó los cinco continentes y que se rompió en una calle de Londres, cuando Theroux le recriminó a Naipaul no haberle contestado una nota que le había enviado.

La relación entre Paul Auster y el también Nobel J. M. Coetzee parece ser, de momento, otra cosa. Eso es lo que demuestra al menos «Aquí y ahora», que refleja una amistad regida por las buenas intenciones, por la voluntad mutua y por el deseo de mantener un diálogo constante sobre los temas más variados, desde el hábito de la escritura, el acoso de un tal Debenedetti que anduvo vendiendo entrevistas falsas que supuestamente les había hecho a ambos, la función del lenguaje en la sociedad y hasta las Navidades que la familia de la esposa de Auster, la también escritora Siri Huvsted, celebran en Noruega.

Cinco encuentros
«El mundo sigue enviándonos sorpresas y nosotros seguimos aprendiendo», dice Coetzee en una de las cartas que comenzaron a intercambiarse en 2008 y que por motivos de edición termina en 2011, tres años en los que, a pesar de la distancia, lograron encontrarse en Australia, en Francia, en Portugal, en Estados Unidos y en Italia. Cinco encuentros, como dice Auster, en dos años de viaje y un vínculo epistolar que comienza, precisamente, con un texto de Coetzee relativo a la amistad.

«Querido Paul –le escribe en la misiva–. He estado pensando en cómo surgen las amistades, en por qué duran, algunas, tanto tiempo. Parece ser que la amistad sigue siendo en cierto modo un enigma: sabemos que es importante, pero no tenemos nada claro por qué la gente traba amistad y la conserva». Auster responde a su amigo, quince días después: «Las mejores amistades, las más duraderas, se basan en la admiración. Ése es el sentimiento fundamental que relaciona a dos personas durante un prolongado período de tiempo».

Admiración mutua, anécdotas plagadas de inteligencia y de confesiones a medias, las cartas (a veces en formas de fax, otras por correo electrónico) no son solamente un muestrario de la amistad. Como dice Auster: «Se admira a alguien por lo que hace, por lo que es, por cómo se las arregla para andar por el mundo.» Así, los viajes que ambos realizan por motivos de trabajo (Coetzee por la India, Auster recorriendo Jerusalén) les sirven para enviarse señales de sus propios recorridos vitales de cada uno y para comentar el estado del mundo. También para referirse a asuntos eminentemente domésticos, como la nieve que cae en el invierno de Brookyn o los problemas que sufre Coetzee, fruto de sus frecuentes jets lags, para conciliar el sueño. Más allá de que el libro «Aquí y ahora» esté dominado por el género epistolar, el libro incluye pasajes de excelente narrativa, como cuando Paul Auster relata su día a día, cuando sale de su casa y se marcha a su despacho (que Coetzee imagina erróneamente sin ventanas) y escribe todo el tiempo que puede, con una breve pausa para ir a comprarse un bocadillo en una tienda que alimenta su imaginación. En ese sentido, las cartas, por momentos, resultan ser una extensión de los temas, y del estilo, que impregna sus obras.

Auster tiende a la narración y a sus juegos de azar, como el hecho de encontrarse con Charlton Heston en tres ocasiones. Coetzee, en cambio, es mucho más esquemático, pero lo suficientemente inteligente como para describir la situación mundial y la crisis del capitalismo con escepticismo: «No creo que haya que pedirle a los gobernantes que nos lleven a un futuro mejor», le dice a Auster en 2010, después de que éste le dijera que qlos efectos de la crisis en Estados Unidos, «un país triste para vivir», estaban resultando devastadores. «No es exactamente la Gran Depresión a ultranza para la que nos preparábamos hace dieciocho meses, pero igualmente aterradora, horrorosa para las innumerables personas castigadas por ella. Pérdida de empleo, del hogar, desintegración de ciudades y comunidades enteras», le escribe el autor de «Brooklyn Follies», a lo que Coetzee responde: «El mundo sigue enviándonos sorpresas. Y nosotros seguimos aprendiendo».