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MIGUEL SEBASTIÁN /Corbata y convención

Miguel Sebastián
Miguel Sebastián

Este señor descorbatado es una de las personas más preparadas entre las que se sientan en el Consejo de Ministros, lo que no quiere decir que alguna vez no se le encienda una bombilla, a lo mejor porque estar sentado junto al presidente de Gobierno estimula la producción de ocurrencias.
Arguye que en el reglamento del Congreso de los Diputados no existe ningún epígrafe dedicado a la obligatoriedad de que los señores diputados tengan que llevar corbata durante las sesiones, y es cierto. No es menos cierto que en el citado reglamento tampoco se especifica que quede prohibido hurgar con el dedo meñique en una de las fosas nasales y que Su Señoría extraiga una mucosidad –seca por un lado, más húmeda por otro– y, a través de un trabajo aplicado con la yema de los dedos, semejante al que ejecuta el escarabajo pelotero, consiga una pequeña esfera que pueda ser pegada en la parte inferior del escaño. Asimismo, tampoco hay en el reglamento un apartado dedicado a prohibir que se escupa sobre las alfombras, lo que demuestra que no todo lo que no está concretado en una prohibición pueda llevarse a cabo sin provocar rechazo.

Desde luego, la corbata es una convención, pero también lo son los zapatos y los pantalones largos, lo que no evita que algunos de nuestros compañeros tengan prohibida la entrada en el hemiciclo con pantalón bermudas o chancletas de playa, entre otras cosas, porque no hay playa, y el chiringuito que hay montado, reconozcámoslo, es de otra categoría.
Lo positivo del señor descorbatado es su rebeldía y lo negativo, esa inmadurez de confundir la batalla contra las convenciones con la traída de la revolución.

A todos nos ha pasado. A mis 18 años pensé que si me dejaba barba vendría la revolución, y me quedó la barba, pero no llegó la revolución. Algo semejante le sucedió a Camilo José Cela: se dejó barba y, un día, al entrar en la sucursal de una caja de ahorros, contempló con sorpresa que el cajero también llevaba barba y, nada más salir, se afeitó.

En el año 1963, estrenó Antonio Garisa una obra de Alfonso Paso titulada «La Corbata». La corbata como dogal de la clase media, la corbata que ahoga, que estrangula la espontaneidad, que esclaviza en las apariencias, algo que no le pasa al currante o a la clase alta.
Pero en esta historia el señor sin corbata es, por razones de su cargo, clase alta. Y debe respetar las convenciones, lo mismo que un general que pasa revista a las tropas no va con el cuello desabrochado.

Dicen que quienes dedicamos tiempo y espacio a esta dialéctica somos frívolos, tanto como los bizantinos discutiendo sobre el sexo de los ángeles, en unas fechas en que el mundo está al borde del abismo. Y no es verdad, porque todos los días el mundo está al borde del abismo, aunque no nos enteremos, y, también, porque Madrid, seamos modestos, no es Constantinopla.