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Orzuelos por Andrés ABERASTURI

Orzuelos, por Andrés ABERASTURI
Orzuelos, por Andrés ABERASTURIlarazon

Tengo la penosa –y equivocada– sensación de que la cosa ha sido al revés: yo le he salido al orzuelo en lugar de que el orzuelo me haya salido a mí. Son ya muchos años de convivencia esporádica y he llegado a la conclusión de que yo soy yo, mis circunstancias, mi orzuelo y mi gripe. Parece mentira que estos tiempos rayos láser capaces de casi todo o de tomografías tridimensionales que sacan fotos en rodajas de tus interioridades, nadie haya encontrado una solución para los orzuelos y los flemones que son dos hinchazones como de posguerra, antiguos, cutres, calamitosos como los sabañones y francamente desagradables no sólo para quienes los llevan sino también para quienes lo contemplan. O será mi exagerada pudicia; para descubrir un orzuelo en ojo ajeno y empezar a lagrimear como si viera un capitulo de Heidi, es todo uno. No sé si a los demás les pasa lo mismo, pero no me parece educado pasear mi orzuelo a la vista del mundo. Y el caso es que el nombre podría ser hasta bonito: orzuelo; suena como a fruta o a seta, algo así, pero en realidad es un conglomerado horroroso de pus y sangre. Siento practicar el realismo sucio en la descripción del orzuelo pero la verdad es la verdad. Y lo de la llave hueca no sirve. Sólo el calor seco madura la sinrazón de un orzuelo aunque te deja el párpado como una tostada. No sé que es peor. Si yo fuera ministra de Sanidad, haría una unidad de orzuelos y flemones. Al fin y al cabo no dejan de pertenecer a la memoria histórica aunque Garzón no los investigara.