La izquierda poliédrica (y III)

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Podríamos titular estas Crónicas Murcianas que condensan la semana política de la Región como «La canción triste de Hill Street», aunque se adecuaría mucho lo de «La semana triste de Pedro Alberto Cruz», quien ya ha ordenado a sus abogados defensores que interpongan el correspondiente recurso al archivo de las diligencias de la brutal paliza que recibió hace un año a puertas de su domicilio. Pedro Alberto está triste, muy triste, porque nada apena más que la impunidad de un grupo de salvajes que es capaz de anteponer a las palabras el «puño americano». Pero también está triste porque sospecha que tras los autores materiales se esconden los autores intelectuales, no los ejecutantes, sino quienes con sus actitudes y proclamas jalean a los que finalmente perpetrarán el atentado. La agresión a Pedro Alberto Cruz tuvo otros prolegómenos en el propio PSRM-PSOE y entre ellos mismos. No es ni será la única vez que una asamblea de los socialistas murcianos acaba en el bar de la esquina a puñetazo limpio, ni el que ellos mismos saquen las miserias internas de sus compañeros para arañarle unos votos. Que se lo pregunten a Collado, a Navarro, a Escudero y muchos otros más que se cruzaron en el camino de los aspirantes al poder por el poder y para quienes todo vale, incluso el juego sucio. El consejero está triste porque cuando gana la violencia pierde el Estado de Derecho y en nuestra democracia eso mismo invalida todo el sistema y se pierden su propiedad garantista. La violencia no puede escapar impune a la ley, porque sólo beneficia a los violentos y nos hace rehenes de la arbitrariedad. Cada caso de violencia, cada agresión o cada crimen sin resolver es una derrota, una batalla perdida de nuestra democracia. Por eso está triste Pedro Alberto, como también los están sus amigos, sus familiares y quienes sabemos de su verdadera pasión: la palabra. Palabra frente a golpe escribía Gabriel Celaya al afirmar aquello de «Se dicen los poemas/que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados/, piden ser, piden ritmo/, piden ley para aquello que sienten excesivo/». En el caso del consejero de Cultura del Gobierno murciano está la muesca en la culata del intolerante, del violento que sigue en la calle sin que todo un Estado haya sido capaz de acercarse a ponerle nombre. Esa izquierda poliédrica que diría Valcárcel y que tanto pareció molestar a los aludidos, pero ahí siguen, para que nuestro sistema no duerma en paz, no concilie el sueño. El caso debe resolverse, porque tras él están desde al jefe superior de Policía al fiscal jefe, desde el secretario general de los socialistas al último candidato y no por su relación con el mismo, sino por sus responsabilidades en esa izquierda poliédrica que todo lo justifica siempre que la agresión vaya contra el adversario político. Saura y Oñate por circunscribir la agresión a un asunto personal; el delegado del Gobierno por mirar para otro lado, Retegui por sentirse feliz con el mayor atentado a la democracia murciana y, especialmente Rubalcaba porque supo de donde podía venir la agresión y no dio las órdenes que tocaban. No se les acusa de encubridores, pero si de no hacer bien su trabajo excepto en el «caso Faisán», que aquí sí se avisó y a tiempo de que eran perseguidos por la Policía. Y en el asunto de Rubalcaba aún más si cabe porque cambió la orientación de la investigación cuando iba bien enfocada. Ya ni siquiera Celaya nos sirve de consuelo al afirmar aquello de «Son palabras que todos repetimos sintiendo/como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado/. Son lo más necesario: lo que no tiene nombre/. Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos/».