Herta Müller un Nobel sin magia

Herta Müller lleva meses bajo la corona del mayor premio mundial de las letras y aún no le ha encontrado el punto. Ayer visitó Madrid para presentar su nueva novela, «Todo lo que tengo lo llevo conmigo».

Todo lo que tengo lo llevo conmigo» sería una metáfora útil, e incluso festiva, en tiempos de vuelos «low cost» si no fuera un título de Herta Müller. La autora condensa en el título el viaje hacia un campo de trabajo de uno de los muchos rumanos de origen alemán que fueron castigados por Stalin. Los mismos, al menos algunos de ellos, ya habían sufrido previamente la dictadura de Antonescu. La autora contextualiza en estas páginas un acontecimiento familiar que fue tabú en su casa durante décadas, hasta que trabó amistad con el poeta Oskar Pastior: «Al principio iba a tratar la deportación desde la figura de mi madre, que había estado cinco años en el campo de trabajo, aunque ella nunca me hablo del tema», comenta la autora. La memoria y el trauma«Hasta que conocí a Pastior, uno de los mejores poetas europeos, un superviviente de aquella experiencia y que estuvo allí a los 17 años. Empezamos a trabajar juntos durante tres años, incluso fuimos a visitar alguno de estos campos. Él murió repentinamente y durante un año no pude volver sobre el material, descubrí que había perdido a un amigo muy querido. Después decidí escribir este libro por él y por mí», explica la autora. Así que el protagonista guarda bastantes similitudes con el literato fallecido, incluida su homosexualidad. Con este libro, Müller apuntala su universo literario, que ha girado acerca de la dualidad de su origen, germano y rumano, en un momento tan trascendental para la historia de Europa. Aun así, se mantiene tajante a la hora de no confundir la memoria con el trauma: «La literatura para mí no es una terapia porque no la necesito. Es el sistema el que está enfermo. Y una dictadura es un sistema enfermo y los que nos oponemos somos los sanos», prosigue la escritora. Tampoco concede al material biográfico el mérito fundamental de su carrera y así lo explica: «La realidad sólo es el material. La vida no debe ser vivida para contarla. El recuerdo es también la materia prima, es el lenguaje lo que produce la literatura. Cada frase es como una obra de arte». «Cada objeto se asemejaba en longitud, anchura, altura y color a la medida de mi hambre», se puede leer en una de las páginas de «Todo lo que tengo lo llevo conmigo» (Siruela) en la que Müller exhibe otra vez la plasticidad de su prosa, como ya hiciera en «En tierras bajas», «El hombre es un gran faisán en el mundo», «La piel del zorro» y «La bestia del corazón». «Lo que escribo es a veces sobreinterpretado. Lo que es muy bueno en algunas ocasiones, en otras no». Trabajar para vivirNo quiere, sin embargo, explicar con demasiados detalles la secuencia de su proceso creativo: «Intento decir algo después de reescribirlo hasta treinta veces, aunque la casualidad también juega un papel. Hay cosas que se escriben de cierta manera porque se pensaron en un día concreto y no en otro». Admite que el oficio de escribir no es una profesión más («se trabaja por algo más que dinero, da sentido a la vida y nos ayuda a saber qué hacer en ella»), es decir, a ella le «aporta estabilidad». Es la última persona que ha pronunciado en Estocolmo el discurso de agradecimiento por el Premio Nobel, aunque no se muestra especialmente entusiasmada con el galardón: «No te cambia en absoluto. Es cierto que uno viaja más y la atención que recibe de los medios es distinta. He recibido otras distinciones –el Hoffmann von Fallersleben, en 2010, el Walter Hasenclever, en 2006, y el Würth de literatura europea, en 2005, entre muchos otros– y no entiendo la magia del Nobel». Quizá la abundante convocatoria de medios que ha tenido su presencia en el Instituto Goethe de Madrid, poco usual para un escritor, no desmienta sus palabras, pero sí evidencie que el halo del Nobel es aún gigantesco. Cierto es que la concesión del galardón ensanchó el orgullo de Alemania, no en vano es miembro de la Academia de la lengua y literatura germanas, pero no sentó tan bien en su país de origen: «En Rumania no se alegró todo el mundo. Con una obra como la mía sería raro que generara unanimidad. Hay quien dice que odio ese país porque lo critico, pero es también patriotismo». En la cuestión que afecta al libro, más que pedir responsabilidades a Alemania, «yo lo formularía al revés: lo realmente humillante es que Rumanía los vendiera». Evolución democráticaSu identidad rumana está más que integrada en su disco duro desde los quince años, cuando comenzó a socializar y a dominar el rumano, un idioma que le acompaña incluso cuando escribe en alemán. Aun así, concluye esta autora lo mismo que muchos otros mortales, menos eruditos, con respecto a la cuestión identitaria: «Es algo que importa mucho más a los políticos, no creo que nadie se mire al espejo y se pregunte por su identidad». Ya en lo puramente político, asegura que «Rumania está evolucionando mucho, aunque no tengo claro que sea hacia un estado democrático. Cuando el traductor mejora el originalSu apariencia es la de una actriz del Este preparada para subir a escena. El contraste entre su cabello oscuro y la palidez de su rostro se acentúa con un maquillaje un tanto excesivo. Sus frases, como las de sus libros, son muchas veces lapidarias. Cuando el jurado del Nobel anunció su premio, se destacó entre las principales virtudes de su obra literaria la capacidad de describir «con la concentración de la poesía y la franqueza de la prosa, el paisaje de los desposeidos». Así pues, la cuestión formal parece definitiva en su escritura; sin embargo, hizo una defensa apasionada de la tarea del traductor, que considera «poco reconocida y mal pagada». Incluso, en un ataque de modestia, reconoció que «no se puede transformar un lenguaje en otro. Lo que se pierde por un lado se gana por otro. No hablo demasiadas lenguas, pero cuando echo un vistazo a una novela mía en otro idioma, la mayoría de las veces me gustan más las soluciones que ha encontrado el traductor que el original».