Arriba y abajo

El tópico del británico flemático y elegante contrasta con su rostro más violento 

James Bond nunca fue un agente secreto, sino un emblema cultural de la moda inglesa. Marca social e icono pop de un cambio radical de mentalidad operada tras la Segunda Guerra Mundial en la tradicional sociedad inglesa.

Ian Fleming, el autor de sus novelas, lo concibió como un héroe imperial típico de la Guerra Fría, trasformado en la saga fílmica en un héroe pop, producto del tránsito de la modernidad a la posmodernidad.

James Bond, interpretado por el actor escocés Sean Connery, es el paradigma de la elegancia y la distinción aristocrática «british». Una apostura de clase que contrasta con su origen humilde: tanto su padre como él fueron camioneros en Edimburgo. Roger Moore, hijo de un policía, representó como nadie la elegancia y distinción de dos gentleman de ficción: El Santo y James Bond. Y Michael Caine, hijo de un repartidor de pescado, tuvo que interpretar a un oficial británico de clase alta en «Zulú», disimulando con pericia su acento «cockney», típico de la clase obrera londinense.

Está en la tradición literaria de Inglaterra transformar a una humilde florista de Convent Garden en una aristócrata, como hizo Bernard Shawen en «Pigmalión» («MyFair Lady»), y lucirla en Ascott ataviada por Cecil Beaton. Estar en la cima, en el lugar de prestigio que confiere la antigua clase aristocrática, es desde entonces patrimonio de la meritocracia. Y qué duda cabe de que Londres sigue siendo el centro neurálgico de la creatividad inglesa.

Es a mediados de los años 50, con el Pop Art, cuando se inicia esa revolución artística y cultural que arrasará las viejas estructuras de la vanguardia y el estatus social. Será difícil, a partir de entonces, marcar fronteras entre Richard Hamilton, Joe Orton y los Beatles; Francis Bacon, Mick Jagger y Anthony Burguess; el cómic de Modesty Blaise, el cine de Joseph Losey y el teatro de Harold Pinter. Un mundo resumido en el Aston Martin de Bond y el Rolls psicodélico de los Beatles, dos referentes de la extravagancia y genialidad de los británicos.

La efervescencia cultural del «Swinging London» convirtió la City en el centro emisor de moda juvenil mundial, en la que anduvieron involucrados artistas, escritores y diseñadores. La modelo Twiggy y la minifalda de Mary Quant fueron tan esenciales para convertir Londres en la capital yeyé del mundo como las fotografías de Richard Avedon, el cine histérico de Ken Russell y la psicodelia musical de Pink Floid.

Fenómenos fundacionales que, años después, darán paso al «glam» de Roxy Music y David Bowie, las pinturas de David Hockney y la subcultura punk, manipulada por Malcolm McLaren y la diseñadora Vivienne Westwood. El mismo Londres deprimido pre-Thatcher de los okupas de «Mi hermosa lavandería», de Kuserishi, y del obsesivo personaje de Amis en «Dinero», dos exponentes de la década púrpura.

La virtud que tuvo «La naranja mecánica», de Anthony Burgess, fue sacar a la luz la violencia latente de una parte de la sociedad que permanecía al margen del hedonismo de aquel Londres pop. Sadismo y masoquismo son los dos elementos que configuran la ultraviolencia del filme de Stanley Kubrick, como «Vinyl» de Warhol, ambos basados en «La naranja mecánica». Los pandilleros que apalean vagabundos, espoleados por la Novena Sinfonía de Beethoven, y beben leche en el MolokoMilkbar, rodeados de mujeres-mesas inspiradas en las esculturas de Allen Jones, forman parte de ese mismo Londres brillante de los triunfadores que parodiará «Austin Power».

Románticos y oscuros
Un Londres oscuro y deprimido que airean en sus filmes de denuncia el «Free Cinema», los «jóvenes airados» del teatro de John Osborne. No tan alejados de Pop Art, que se rebela con la tiranía del expresionismo abstracto, las sátiras de Kenneth Tynan y el submundo gay que pone en escena el teatro de Joe Orton. Autor de trágica vida que pudo ser el guionista de «Qué noche la de aquel día», de los Beatles.

Esa misma violencia «sin futuro» es la que escenifiaron los Sex Pistol y sus continuadores de la onda siniestra, JoeDivision, y el rock gótico de The Cure, convertida en una moda juvenil bizarra, contrapuesta al look luminosamente neopop de los grupos de la «New Romantics», con sus lamés, bombachos y hombreras desmesuradas. Ese lado trágico y desazonador de arte inglés, que se materializa en esos «asquerosos trozos de carne» de Francis Bacon, según dijo Margaret Thatcher, o los cuerpos carnales al desnudo de su amigo Lucian Freud, anuncian la teatralidad obscena de los «Young Brithis Artist», polarizados en Damien Hirst y sus animales conservados en formol.

Todo ello tan «mainstream» como la turbadora Amy Winehouse y los violentos heroinómanos de «Trainspotting», de Irvine Welsh, que dirigió Danny Boyle, y que, curiosamente, es el diseñador de la ceremonia inaugural de los Juegos. Lo que augura una explosión de energía y creatividad tan desconcertante y friki como las mascotas uniojo de Londres 2012: Wenlock y Mandeville, cuyo uniforme «Union Jack» recuerda la chaqueta de Pete Townshend del grupo mod TheWho.