El estraperlo

A mediados de la II República, bajo el Gobierno de don Alejandro Lerroux, aparecieron por Madrid los ciudadanos Strauss y Perlo, con una ruleta trucada bajo el brazo. Lerroux, antaño «El Emperador del Paralelo» («¡jóvenes airados, asaltad los conventos, levantad los hábitos de las monjas y elevadlas a la categoría de madres!»), apadrinó el invento siendo un perillán que se hizo de derechas para llegar al poder. El escándalo derribó su Gabinete y dio nombre a una nueva palabra (estraperlo), sinónimo de corrupción y hoy lamentablemente en desuso. Los hombres y mujeres de la Transición fueron un ejemplo de entrega y honradez, pero el primer y mayor caso de corrupción en la democracia del 78 estuvo, desdichadamente, en manos del PSOE. Hay que recordarlo recurrentemente porque se da al olvido y al silencio. Un caso espectacular donde se conjuntaron el asesinato y el robo de los fondos de reptiles del Ministerio del Interior. Todo lo que viene detrás fue la morralla estraperlista inherente a todos los partidos políticos democráticos en Europa.

El Partido Socialista en la Comunidad Valenciana sufre un largo problema de credibilidad que ha dado tres mayorías absolutas y consecutivas al Partido Popular. Constituidos en bolsas de gatos, la última genialidad que tuvieron, de la mano de José Blanco –otro que tal– fue expulsar del partido al ex ministro del Interior Antoni Asunción, hombre cabal, sensato y popular donde los haya en dicha comunidad. Tiene además el valor añadido de que siendo rico por familia no sólo no necesita llevarse el dinero de donde no debe sino que lo pierde en sus batallas políticas. Acabada la pamema de los tres trajes, tras otros tantos años de guirigay político, confían los socialistas en que el caso «Gürtel» demuestre al fin la corrupción de los populares valencianos. Cualquiera que se haya leído las partes sustanciales del sumario encabezado por Correa habrá comprobado que este presunto escándalo que se cierne en el horizonte es como Blancanieves maquillada de Jack el Destripador. No hay más que una pequeña banda de buscavidas y malvivientes enredando con sus encantos a dirigentes del PP a los que nunca se les ocurrió financiarlos.

José Blanco tiene el problema de que desde que aprendió a hablar y se quitó las gafas se ha imbuido de una prepotencia en la que se consideró intocable y por encima de toda sospecha. Un viejísimo amigo común (hay que tener amigos en todas partes) me comentaba que lo que tiene que hacer es cruzar y cuadrar sus cuentas ya que no ha tenido otros ingresos que los públicos ni otro patrimonio que el que se ve. Parece que ya es tarde para él organizar una ingeniería contable que le permita casar sus gastos con sus ingresos. El Supremo dirá.

Franquicia y poder
Tampoco sería justo reducir el estraperlismo a la clase política que desde el comienzo optó por una mezcla entre la corrupción italiana de los tiempos de Bettino Craxi y el Partido Revolucionario Institucional mexicano. Urdangarín (de quien no soy juez) resulta patético porque, en el peor de los casos, ha convertido la Monarquía en una franquicia, vendiendo humo; su abogado le está presentado como un arrebatacapas que se lleva los cuencos de los mendigos. Pero este país de hidalgos ya no da ni para duques. El estraperlismo no se da sólo en el campo de cultivo de la prosperidad y el pelotazo. Vayámonos preparando porque en tiempos de desolación los estraperlistas crecen más que hongos en el bosque tras las primeras lluvias.