Historia

Aquel 17 de julio

El general Emilio Mola, comandante militar de Navarra y director de la conspiración contra el Gobierno del Frente Popular, firmó el 24 de junio de 1936 el plan definitivo de la sublevación militar. Esta última sería emprendida por las Fuerzas Militares del Protectorado de España en Marruecos.

Imagen del refugio del Parque del Capricho de Madrid
Imagen del refugio del Parque del Capricho de Madrid

Sumaban más de 33.000 hombres, con el cuarenta por ciento la tropa profesional, y constituían las unidades mejor instruidas del Ejército. Una vez sublevadas deberían cruzar con rapidez a la Península para dirigirse a Madrid, al tiempo que otras fuerzas alzadas en el Norte y Levante.
A finales de junio, las fuerzas africanas fueron convocadas para las maniobras anuales que tendrían lugar del 6 al 12 de julio en las inmediaciones del alto de Ketama. Mola declaró el estado de guerra una vez que las tropas hubieran regresado a los cuarteles y fijó como primera fecha la tarde del jueves 16 de julio. A última hora del 14, sin embargo, recibió confirmación de que el comandante general de Canarias, general Francisco Franco, se pondría al mando del Ejército de África y aceptó un retraso de 24 horas, hasta la tarde del 17. El general Franco tenía su propio calendario. Había sacado pasajes para su mujer y su hija en un buque alemán, el «Wadai», que zarpaba de Las Palmas a primera hora de la tarde del domingo 19 con destino a El Havre y Hamburgo. Debido a las limitaciones de velocidad y autonomía de los aviones de la época, no le daría ya tiempo para llegar ese mismo día al Protectorado español en el bimotor DH-89 «Dragon Rapide» –cuyo alquiler había financiado el hombre de negocios y diputado independiente por Baleares Juan March Ordinas–. La intención de Franco era llegar en la tarde del lunes 20 y emprender la sublevación el 21 o, como muy tarde, el 22.
En un hidroavión
Debido a problemas de última hora en las comunicaciones, ni los enlaces de Mola en Madrid ni los conspiradores del norte de África conocieron los planes de Franco. Hasta la misma mañana del viernes 17 de julio estuvieron convencidos de que el comandante general de Canarias amerizaría esa tarde en el puerto de Ceuta, puesto que la petición inicial de Yagüe había sido para un hidroavión. Las autoridades melillenses del Frente Popular estaban sobre aviso. La tarde anterior, siguiendo órdenes de Yagüe, el jefe de las Milicias de Falange en el norte de África, Augusto Atalaya, se había presentado en el domicilio del comandante Luis Zanón Aldalur, segundo Jefe de Estado Mayor de la Circunscripción Oriental del Protectorado y comprometido en la conspiración, con el fin de entregarle el bando para la declaración del estado de guerra y comunicarle la inminencia de la sublevación. Zanón se reunió después con los otros jefes comprometidos, a quienes informó de que a partir de las cinco de la tarde del día siguiente podrían recibir, en cualquier momento, la noticia de la llegada a Ceuta del general Franco.
Atalaya se reunió con sus camaradas falangistas y uno de éstos, supuestamente el guardia civil retirado Carlos Guillén, delató los planes al interventor Regional de Nador, José María Burgos Nicolás, dirigente de Unión Republicana y de la masonería local. Burgos informó al delegado del Gobierno, Jaime Fernández Gil, y al presidente de la UR melillense, el concejal Felipe Aguilar Lagos. Este último confirmó la inminencia del golpe de Estado con su propio confidente en la Falange, el teniente retirado Álvaro González de la Cruz. No consta que ninguno de ellos avisara al Gobierno. El mes anterior, y con información de los mismos confidentes, habían alertado por dos veces de un golpe en cuestión de horas, lo que no se había producido. Lo que sí hicieron fue reclamar al general jefe de la Circunscripción, Manuel Romerales Quintero, que extremase la precaución.
El viernes 17 de julio, por la mañana, el Estado Mayor de la conspiración en el Protectorado se reunió en el cuartel de Regulares 1 en Tetuán, presididos por el coronel en situación de disponible, Eduardo Sáenz de Buruaga. Los de Melilla lo hicieron en la unidad más pequeña de la guarnición local: la Sección de Límites de África de la Comisión Geográfica de Marruecos. Su jefe, el teniente coronel de Estado Mayor Darío Gazapo Valdés, junto con el enlace de Mola en la ciudad y un teniente coronel en situación de disponible, congregaron a una docena de capitanes y tenientes para ultimar los preparativos. Estaban preocupados por el control de la ciudad: el Frente Popular había obtenido en las elecciones de febrero el 72,54 por 100 de los votos, porcentaje sólo superado por Málaga capital. La maniobra para asegurar el dominio de la población se basaba en el rápido desplazamiento de la 1ª Legión del Tercio y los dos Grupos de Regulares (el 2 y el 5) que tenían efectivos en poblaciones marroquíes cercanas. La distancia no era mucha –de 15 a 25 km–, pero apenas si había motorización y las fuerzas tendrían que desplazarse a caballo o a pie. Las unidades militares estaban compuestas por soldados de reemplazo que cumplían el servicio militar, a quienes no consideraban de confianza.
Pistolas y munición
Con el fin de aumentar los apoyos, los conspiradores armaron a unas docenas de falangistas. A media mañana, el teniente de Ingenieros Manuel Sánchez Suárez acudió al Parque de Artillería para recoger pistolas y munición. Dos falangistas recibieron el mismo encargo, pero cuando llegaron fueron informados de que ya se habían llevado las pistolas. De regreso a la Comisión encontraron en la calle a su correligionario Álvaro González de la Cruz, el confidente del concejal Felipe Aguilar. El teniente retirado subió con ellos a un taxi y una vez en la Comisión le entregaron tres pistolas y munición, para que las entregase en sus domicilios a otros falangistas. Hacia las dos y cuarto de la tarde, González acudió con las pistolas a un bar. Solía encontrarse allí Felipe Aguilar, y le dio cuenta de lo que ocurría. Aguilar marchó con González a la vecina Delegación del Gobierno, donde el delegado Fer-nández Gil y su mujer se disponían a comer. El delegado –afiliado a Unión Republicana y masón– ordenó avisar al general Romerales, informó al Ministerio de la Gobernación y convocó a los jefes de la Policía y la Guardia Civil. A esa misma hora, los conspiradores de Tetuán recibieron la información de que Franco no llegaría ese día (presidía en Las Palmas el funeral por el general Amado Balmes) y deshicieron la reunión. Los conspiradores de Melilla no fueron informados de este aplazamiento, por lo que volvieron a la Comisión Geográfica a las tres de la tarde.
Jaime Fernández Gil consiguió autorización del general Romerales para efectuar un registro de la Comisión Geográfica y hacia las cuatro de la tarde, un contingente integrado por seis funcionarios del Cuerpo de Investigación y Vigilancia (policía secreta) y once guardias del Cuerpo de Seguridad, al mando del secretario particular de la Delegación del Gobierno, Francisco Benet Enrich, y el teniente Juan Zaro Fraguas irrumpieron en el patio de la Comisión Geográfica. Los conspiradores no estaban a la vista. El teniente coronel se opuso al registro, pero accedió tras una conversación telefónica con el general Romerales.
Oposición, a tiros
Ante la seguridad de que los policías llegarían al despacho donde se encontraban, Seguí y los demás conspiradores decidieron oponerse a la detención, si era preciso a tiros. Antes de llegar a ese punto y por indicación de Gazapo, el teniente del Tercio Julio La Torre Galán llamó a la vecina Representación de su unidad, situada a un centenar de metros. Le contestó un sargento, Joaquín Souza Oliveira. El teniente le pidió que subiera a la Comisión con una veintena de legionarios, puesto que él y otros jefes estaban rodeados y corrían peligro. Souza respondió de inmediato, aunque sólo reunió ocho hombres. En seis minutos, y tras engañar al guardia de Seguridad que vigilaba la puerta del acuartelamiento, se plantó en el patio con sus legionarios, pero quedó desconcertado por la presencia de los guardias. La Torre, al verlos llegar, saltó por una ventana y se puso al frente de la pequeña fuerza, a quienes ordenó que apuntaran con sus fusiles a los guardias. Estos últimos, que como su teniente procedían del Ejército, no estaban mentalizados para emprenderla a tiros con sus compañeros militares. Uno de los guardias arrojó su arma al suelo y le pidió al teniente que no tirasen contra ellos, que eran padres de familia. El teniente Zaro ordenó que nadie disparase y pidió explicaciones. Por disciplina se puso a las órdenes del teniente coronel Gazapo.
Una vez con la Comisión bajo control, los conspiradores neutralizaron a los policías y decidieron proclamar el estado de guerra. En las horas siguientes destituyeron del mando al general Manuel Romerales, leyeron en las calles de Melilla el bando de guerra y avisaron a legionarios y regulares para que acudieran a la ciudad lo más rápido que pudieran, mientras los militantes de los sindicatos CNT y UGT asaltaban dos armerías y comenzaban una resistencia que no fue neutralizada hasta pasados tres días. Antes de la puesta del sol, fuerzas de Regulares ocuparon la base de hidros del Atalayón, entre Nador y Melilla –allí se produjo un breve enfrentamiento y cayeron los primeros muertos de la Guerra Civil– y el aeródromo terrestre de Tauima, donde fue detenido poco después el mismísimo general Gómez Morato, que se había desplazado en avión para averiguar qué ocurría en Melilla.
Mientras esto sucedía, el Gobierno estaba informado de los principales sucesos –por medio del telégrafo Hughes de la Delegación del Gobierno–, mientras el general Franco, ignorante de que en Melilla se estaba proclamando el estado de guerra en su nombre, paseaba en automóvil con su familia por la ciudad de Las Palmas y alrededores. Tampoco Mola sabía que los planes se habían adelantado. El Gobierno Casares ocultó la información al público. No difundiría su primera nota oficial hasta primera hora del sábado 18, que además ocultó el éxito de la sublevación en el Protectorado. Esa noche, Franco cenó con su familia y amistades en la terraza del hotel Madrid, en la plaza Cairasco de Las Palmas. Sólo hacia las dos y media o las tres de la madrugada, cuando le despertaron para comunicarle un telegrama recibido de Melilla, supo que el golpe se había adelantado, lo que obligaba a cambiar los planes. Comenzó así un periodo de 36 horas durante el cual los sublevados de África perdieron el tiempo: dejaron escapar tres destructores atracados en Ceuta y Melilla, con los que hubieran podido asegurar el embarque de tropas para la Península. El golpe fracasó y comenzó una larga guerra civil. Pero ésa, como diría Kipling, ya es otra historia.