Alta costura: el glamour vuelve a rugir

No es cierto que la alta costura tenga los días contados, ni muchísimo menos. La crisis, extrapolada al mundo de la moda, recuerda que los ricos-riquísimos son los que menos la sufren. Y aunque su nivel de consumo apenas ha bajado de ritmo, sí se ha modificado. De ahí que en los desfiles celebrados esta semana en París se haya observado un cambio notable: la alta costura se aleja temporalmente, imaginamos, de su acostumbrada fastuosidad, teatralidad, barroquismo y lujo explícito –con excepciones–, para reconvertirse en una moda del mismo modo elitista, pero más discreta y, si se permite la expresión, «humilde». Repetimos: con excepciones.Afirmaciones como la de Sidney Toledano, presidente de Christian Dior, que esta semana aseguraba a la revista «WWD» que «cada vez tenemos más clientes que exigen la máxima calidad», el aumento en las ventas de entre un 20 y un 30% experimentado por Chanel en el último año debido, sobre todo, a las clientas asiáticas, o el estudio realizado por MasterCard y publicado por «Forbes», que revela que el consumo en febrero de este año en la categoría del lujo ha sido de un 15% más que en el mismo mes el año pasado, reflejan el optimismo y la buena marcha en el mundo del lujo. Aunque con cambios. El consumidor exclusivo ahora es más discreto, quizá condicionado por cierto cargo de conciencia debido a la crisis mundial, y las firmas de moda han sido las primeras en «ponerse las pilas».

Por eso se potencian cada vez más las segundas líneas, hasta hace un tiempo las «hermanas pequeñas» de firmas como Calvin Klein, Giorgio Armani, Versace o Carolina Herrera y ahora poseedoras de la misma legitimidad. Por eso también los recientes desfiles de alta costura se han adaptado a las nuevas exigencias de su clientela con diseños menos teatrales, más ponibles y, sin embargo, igual de caros. Un cambio destacable que deja otra cuestión en el aire: ¿quién es capaz de pagar más de 3.000 euros por una gabardina de Jean Paul Gautier? ¿O quién se hace a medida un traje de chaqueta y pantalón también de costura, claro, en el taller del maestro Giorgio Armani? Pues aunque se trate de prendas comunes y habituales en las colecciones de prèt-a-porter, el exclusivísimo club de las compradoras de alta costura sigue más activo que nunca. Delirante GallianoY como toda excepción que confirma la regla, la mini semana de la alta costura de París, auspiciada y gestionada por la Chambre Syndicale de la Couture, que está integrada en la Federation Françoise de la Couture y presidida por Didier Grmbach, comenzó el lunes con el siempre delirante «show» de John Galliano para Christian Dior. Celebrado en el Museo Rodin, y con una puesta en escena propia de un exótico jardín botánico, derrochó su maestría con voluminosos vestidos con la célebre falda tulipa creado por Monsieur Dior en los años 50 como estrella, acompañada de otros símbolos de la casa como sus flores preferidas –lirios y rosas– pintadas, estampadas o trabajadas como ruffles (apliques en relieve) y vibrantes colores inspirados en el universo floral como el amarillo, azul, rojo o el naranja. El martes, Giorgio Armani Privé presentó una colección extremadamente terrenal, con Carmen Kaas como estrella, en colores poco femeninos y sólo enriquecidos con cristales Swarovski y formada por infinidad de trajes-sastre propios de una «working girl» en toda regla. Mucho más sofisticada y laboriosa, a la par que preciosista, fue la pequeña colección de 10 piezas creada por Riccardo Tisci para Givenchy. Plumas, cristales, encajes fabulosos y el espíritu de Frida Kahlo –religión, sensualidad y anatomía humana– articulan sus lujosísimos vestidos. También el lujo, aunque no tan explícito en el diseño, pero sí en los laboriosos tejidos y técnicas, impera en la colección de Chanel, cuya «pasarela» en el Grand Palais contaba con la enorme presenciada de un león dorado de ocho toneladas de peso que si bien podía simbolizar el signo del zodiaco de Coco, Leo, podía también interpretarse como una expresión del inmenso poder de uno de los hombres más fuertes, en todos los aspectos, del actual negocio de la moda: Karl Lagerfeld. Y llegó el miércoles, último día de «los grandes», inaugurado por Elie Saab.

Uno de los preferidos de las famosas, y creador de dos de los vestidos que lució la princesa Victoria de Suecia en los fastos previos a su boda, el creador libanés presentó una colección inspirada en el fabuloso interior de La Fenice, la célebre ópera de Venecia, y matizada con aires helenos en vestidos tipo túnica con pliegues, drapeados y gran profusión de pedrería, una de sus señas de identidad. Y llegó el turno de Jean Paul Gaultier, que hizo alarde de la colección más sexy de la semana.

Sus reconocibles volúmenes, logrados con juegos geométricos y rotundos, o más suaves en tejidos fluidos con pliegues y drapeados, no se olvidaron de los guiños al trench, al cuero ni al corsé, otro de sus fetiches. Tanto, que fue Dita Von Teese quien cerró el desfile con un striptease. Todo un espectáculo tan sólo superado por la elegancia minimal y extremadamente chic de Valentino, firma artífice de una colección que demuestra que sus actuales diseñadores, Maria Grazia Chiuri y Pier Paolo Piccioli, han buceado en los archivos de la firma.