«Magic Mike»: Cuerpos al desnudo

Dirección: Steven Soderbergh. Guión: Reid Carolin. Intérpretes: Channing Tatum, Alex Pettyfier, Matthew McConaughey, Olivia Munn. EE, 2012. Duración: 109 minutos. Drama.

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Como «The Girlfriend Experience», «Magic Mike» es una película sobre el capitalismo. El intercambio de dinero es el combustible de la dinámica del cuerpo. Lo que las diferencia, notablemente, es que en la primera sobrevolaba la influencia de Godard, y en la segunda Soderbergh se apoya en los andamios del musical del auge y caída, desde «La calle 42» hasta «Showgirls» y «Burlesque». Y, en esta ocasión, el cuerpo es masculino, lo que cambia considerablemente los efectos de su estroboscópica e impúdica exposición. Los hombres se desnudan para sublimar su narcisismo, alimentado por un deseo femenino que se desboca sobre el escenario. Y en ese hedonismo egocéntrico, en esa celebración onanista, Soderbergh demuestra que el capitalismo es una cuestión falocéntrica. Sólo cuenta el placer que produce el dinero. La primera parte de la película, con sus insólitas y acrobáticas coreografías y su relato de iniciación, ilustra este discurso sin hacer hincapié en las deudas que Soderbergh contrae con su modelo narrativo. Es lo mejor de «Magic Mike»: de un modo impresionista, casi documental (la película está inspirada en los años de juventud como «stripper» de su protagonista, Channing Tatum), se nos cuenta el nacimiento de una amistad al amparo de un negocio que comercia con la fantasía de un sexo que mide sus fantasías en dólares. Iluminada por la voz de un Matthew McConaughey que oficia de maestro de ceremonias quizá demasiado consciente de su poderío robaescenas, «Magic Mike» parece entonces un ejercicio de «cinéma-verité» travestido de cine «mainstream». A ello ayuda la estupenda interpretación de Channing Tatum, que, como la actriz porno Sasha Grey en «The Girlfriend Experience» o la luchadora de artes marciales Gina Carano en «Indomable», es el fragmento de realidad que la ficción de Soderbergh absorbe como una esponja. El problema más grave que enciarra la película llega cuando sucumbe a la fórmula del buen samaritano que quiere sentar la cabeza sin subvertir, como hacía Verhoeven en su excelente «Showgirls», la carga moral de que está provisto su discurso. Una lástima que el tercio final de la película está a punto de tirar a la basura la originalidad de sus apuntes sobre el neoliberalismo económico.