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Analfabeta Boyer

La Razón
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A mí, admirados lectores, me hubiera gustado mucho ser mujer de velas de olores en el baño, pero soy más de ristra de ñoras colgando en la cocina. Y un salchichón ibérico. Me hubiera encantado recibir a mis invitados con unos Ferrero Rocher y un mayordomo, pero yo en la nevera tengo una lata de anchoas del Mercadona, dos peras sanjuaneras y un eco grandísimo. Servicio sí tengo: al fondo, a la derecha. Yo hubiera deseado ser jovencita de mapamundi, pero soy una cuarentona a la que se le dan fatal los idiomas y ha viajado lo que ha podido, esto es, poco, barato y cerca. Soy de esas paletas que en el extranjero busca un cuatro estrellas por miedo a que estén sucias las sábanas en uno de menor categoría, y en España tiene el listón justo donde pone que el tigre está dentro de la habitación y es para ti sola. No me fío higiénicamente hablando de los países de nuestro entorno, qué quieren que les diga. No soy de la generación Erasmus y se me nota. Mis zapatillas de estar por casa no existen: voy a pie natural. Se resiente mi pedicura, pero me la hago cada mucho tiempo, así que tampoco se trata de abjurar de la dureza, porque hace su papel. Resumiendo: un petardo sin posibilidad de ministerio alguno. Y tampoco podría ser Isabel Presley. Yo no estoy en su contra, que tiene un ojo para los cirujanos plásticos fenomenal, pero me miro y me parezco más a Teresa Rivero, y estoy encantada. Es decir, no soy del círculo de amigos de Miguel Boyer, ni mucho menos de los Rumasa (aunque la «mamma» de la saga me parezca maravillosa) y sin embargo, me mola ese chafarrinón que acaba de soltar por esa boca el ex ministro pijico. Ha dicho Boyer (en un momento en el que se había venido arriba al encontrarse arrebatador) que si se siguen bajando los sueldos a los ministros, pronto llegarán los analfabetos al gobierno, y, aunque me parezca que este clasismo hay que dejárselo en la recámara porque esa pedantería tan bestia en este momento es muy grosera, creo que tiene razón. Para tener buenos gobernantes hay que proporcionarles un buen sueldo. No un sueldo altísimo, no, ni escandaloso, no, sólo un sueldo que equivalga a la generosidad y capacitación que requiere el servicio público, a la responsabilidad que conlleva. Así que, espantándome su cubertería, me adhiero a su mensaje. Es lo de Boyer o esto. O lo que viene. Ustedes verán.